Cuando no se tiene nada que perder

Comprendí que la reputación de una nación no es una idea abstracta, sino una realidad que afecta a todos sus habitantes.
En aquellos años, lo que trascendía era la corrupción.
Escándalos nacionales aparecían en medios internacionales y surgía la pregunta incómoda:
“¿Tu beca la obtuviste por tus calificaciones o por una palanca?”
La imagen negativa es un reflejo de problemas más profundos.
El narcotráfico y la violencia no solo dañan la reputación internacional; provocan pérdida de vidas, familias destruidas, comunidades desplazadas, afectaciones económicas, miedo cotidiano, negocios que cierran y jóvenes que abandonan la escuela.
En esos años, los colombianos cargaban con el estigma de Pablo Escobar.
Hoy, muchas sospechas recaen sobre nosotros.
- ¿Qué nos pasó?
- ¿Qué hicimos mal?
- ¿Cómo lo podemos corregir?
Existen factores que no podemos cambiar: la ubicación geográfica, la demanda internacional y el flujo ilegal de armas.
Pero durante décadas descuidamos a millones sin acceso a educación de calidad, empleo digno, movilidad social y sin expectativas de futuro.
Cuando el esfuerzo no se traduce en oportunidades, la frustración se acumula.
Y cuando se vuelve permanente, aparece una idea peligrosa: “no tengo nada que perder”.
Por eso es necesario construir una estructura de oportunidades donde estudiar abra puertas reales, donde trabajar permita vivir con dignidad, donde emprender sea una posibilidad y donde nadie sienta que la única forma de avanzar es infringir la ley.

