El puente y el cimiento

Dijo que su programa de vivienda aporta ya "cerca de 1%" al Producto Interno Bruto, y la frase, repetida con la cadencia de una conquista, se volvió titular en una decena de medios.
Conviene, sin embargo, leerla con el mismo cuidado con que un ingeniero lee los planos antes de verter el concreto:
Lo que Sheinbaum anunció no es que el Estado destinará 1% por ciento del PIB a construir vivienda, sino que la construcción de vivienda —por la vía del empleo que genera— contribuye, con ese punto, al crecimiento económico.
Son magnitudes distintas, casi opuestas en su lógica, una es inversión social deliberada, la otra, es el subproducto estadístico de cualquier obra pública masiva, sea esta un puente, una autopista o, en efecto, una casa.
La confusión no es inocente, permite presentar como política de bienestar lo que, en rigor, es apenas un efecto multiplicador del gasto en construcción.
¿Y cuánto debería destinar México a vivienda digna?
La OCDE ha documentado que sus miembros destinan, en promedio, hasta 2.3% del PIB en promover el acceso a la vivienda propia, y entre 0.6 y 1.8 en subsidios para renta. Pero la cifra relevante no es el monto, es la condición.
El propio organismo advierte que, en México, la falta de coordinación entre niveles de gobierno favorece un desarrollo urbano desordenado que produce segregación residencial, familias expulsadas a la periferia, lejos del empleo, del transporte y los servicios.
Es decir, el problema mexicano nunca ha sido únicamente cuántos metros se entregan, —de suyo vergonzantes, 40 en renta para jóvenes; 60, en el de familias subsidiadas—, sino dónde se levantan y bajo qué estándares técnicos.
Una vivienda de 50mts. cuadrados sin transporte, sin escuela cercana y con dudosa garantía estructural, no es vivienda digna:
Es segregación con escrituras.
Y aquí el cimiento se agrieta de verdad.
Desafortunadamente, dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 sacudieron la costa central de Venezuela dejando más de 1,400 muertos.
En La Guaira, de 193 edificios del urbanismo "Hugo Chávez" —insignia de la Gran Misión Vivienda Venezuela, programa que Caracas presentó durante años como prueba de justicia social—, sólo tres permanecieron en pie.
Y el Colegio de Ingenieros de Venezuela había advertido hace años sobre el deterioro prematuro y la falta de estudios de suelo confiables en esas construcciones, tristemente hoy se atribuyen los colapsos al uso de materiales de pésima calidad, la ausencia de controles técnicos y el incumplimiento de normas antisísmicas.
No fue solo el temblor, fue el método.
El Estado se convirtió en albañil —cuando se construyó masivamente por relumbrón político y sin supervisión independiente que exige la ingeniería civil—, pero el riesgo no es la incomodidad de una casa pequeña, sino la posibilidad, ya verificada, de que esa casa se convierta en tumba.
Un estadista, no pide al Estado que levante muros; sino exige garantizar las condiciones para que la familia acceda a un patrimonio digno y seguro.
El Estado garante regula, autoriza, certifica, planifica y corrige la falla de mercado donde el mercado no llega solo.
No compite con el desarrollador, no sustituye al ingeniero, no convierte el déficit habitacional en obra de gobierno y propaganda al mismo tiempo. Sheinbaum puede presumir lo que quiera.


