La traición de Cuba

Treinta y dos tripulantes de 11 nacionalidades partieron el viernes de Yucalpetén.
Muy cerca del puerto de Progreso en Yucatán, a La Habana, para llevar alimentos y medicinas, y protestar contra el bloqueo de petróleo impuesto por Estados Unidos.
Ayer, con un retraso de 72 horas, el primer barco de la flotilla, un camaronero llamado “Maguro” y rebautizado simbólicamente como “Granma 2.0”, en memoria del yate “Granma” que consiguió Lázaro Cárdenas a Fidel Castro y a sus 80 combatientes para iniciar su aventura revolucionaria en la Sierra Maestra, atracó en el puerto de La Habana.
Fue parte de un esfuerzo mucho más grande, el Convoy de Nuestra América, que llevó a La Habana el fin de semana a unas 600 personas de una treintena de países con toneladas de alimentos y medicinas, se inspiró en la flotilla Global Sumud que entregó asistencia humanitaria a Gaza el año pasado.
A diferencia de aquella, esta ha sido altamente controversial.
Un editorial del diario The Washington Post el lunes pasado apuntó que “izquierdistas” del mundo “jugaron el papel de tontos útiles” de manera perfecta, resaltando que fueron alojados por el gobierno cubano en hoteles de cinco estrellas.
“La mejor manera de ayudar al pueblo cubano, por supuesto, sería liberarlos de la dictadura que ha fracasado para resolver sus necesidades por más de medio siglo”, resaltó.
“En lugar de eso, los asistentes estaban más interesados en tundir a Estados Unidos”.
Maité Rico, directora adjunta del portal The Objective, que conoce perfectamente Cuba y toda la región, escribió ayer un texto irónico que comenzaba:
- “Como si 67 años de dictadura y penuria no fueran suficiente castigo, a los cubanos les ha caído una plaga bíblica, casi 700 gilipollas (estúpidos, en la traducción liberal del español ibérico), para explicarles que el régimen castrista es lo mejor que les podría haber pasado”.
Al dar a conocer la llegada del Convoy de Nuestra América y la recepción que les dio el presidente Miguel Díaz-Canel, el diario Juventud Rebelde, vocero de la Unión de Jóvenes Comunistas, señaló que era una “hermosa iniciativa de solidaridad”, donde esos representantes universales que llegaron a La Habana se habían convertido en “símbolo de millones de seres humanos que se niegan a dar la espalda a Cuba”.
Entre esa ambigua cantidad se encuentran decenas de miles, quizás cientos de miles de mexicanos, por la relación fraterna de 67 años que ha servido al castrismo y a sucesivos gobiernos mexicanos.
Claudia Sheinbaum, en su turno en la Presidencia.
Ha retomado esa bandera política, reiterando una y otra vez su llamado a una solución pacífica sin intervención militar de Estados Unidos, respetando la autodeterminación del pueblo cubano –en este tema no se puede hablar con generalidades, porque buena parte del pueblo ha sido reprimido por la dictadura cubana para mantener su control y cohesión–.
Al asumir una posición soberana que tiene como antecedente un extrañamiento que le hicieron desde Washington por sus declaraciones sobre Nicolás Maduro y Venezuela, con la expectativa de que en el caso de Cuba, diera su apoyo sin matices.
No ha sucedido, tampoco es posible ni deseable.
No puede darle al presidente Donald Trump una carta en blanco firmada para hacer lo que desee unilateralmente, lo hará, si lo desea, pero que no sea con autorización mexicana.
El apoyo al régimen cubano tiene fuertes raíces políticas y geoestratégicas.
Por muchos años México fue intermediario en las sombras entre Cuba y Estados Unidos, por donde se abrían las válvulas para distensionar la relación y se buscaban puntos de entendimiento.
A cambio, Fidel Castro, que exportaba revoluciones a toda América Latina, mantuvo a México al margen de esas desestabilizaciones.


