La guarida de El Mencho

La zona donde cazaron las fuerzas federales a Nemesio Oseguera, El Mencho, que era el jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación, el domingo pasado, es un barrio residencial de 43 casas en Tapalpa, a 35 kilómetros de la carretera federal que conecta a Guadalajara con Colima.
La prensa llegó rápidamente al lugar, lo que inició una conversación sobre los excesos y la lujosa cabaña, que en realidad no lo era, apuntó ayer Diego Petersen en El Informador.
“Mostrar la casa de un criminal a la prensa, como lo hizo el gobierno mexicano al publicar imágenes del interior de la vivienda de El Mencho, no solo alimenta el morbo, sino que alimenta los estereotipos del crimen organizado”, agregó.
Exacto.
Impulsan los estereotipos del crimen organizado, de esas vidas en medio de una impúdica ostentación, se trata, agregó Petersen, de una casa de renta sin personalidad, de cuartos pequeños, con una sala de paredes desnudas y una cocina que luce desordenada y llena de víveres como para alimentar a un ejército, en este caso, literalmente hablando.
Vista la casa desde otro ángulo, no era el lugar donde se escondía un fugitivo que vivía a salto de mata y que andaban buscando por todo Jalisco, por Michoacán o por otros estados, como tantas veces dijeron funcionarios mexicanos.
La casa de El Mencho, por lo contrario, cuenta otra historia: la de un capo en retiro abrigado por la permeabilidad política y social.
Francisco Santa Ana, reportero de N+, hizo una descripción de la casa:
Dos grandes refrigeradores, como los que se utilizan para congelar carne y pescados, una cocina integral con muchos jabones de limpieza, abundante comida, un aparato para cardio, una lavadora de lujo, una secadora de ropa, y jabón en grandes cantidades para un intenso lavado de ropa.
Juan Pablo Pérez Díaz, de Grupo Fórmula, agregó:
Medicinas para enfermedades renales –de lo que padecía Oseguera–, catsup, mostaza, pan, galletas, agua, refrescos, café y, sobre todo, inflables como los que utilizan los niños, otras crónicas refieren los televisores, incluso aún uno empaquetado, listo para ser conectado.
La casa no parecía un lugar donde estuviera de paso.
Santa Ana precisó que se encontraba en lo alto de una cima, desde donde se podía ver el camino que llevaba a esa cabaña, al llegar a lo alto había una pluma para cuidar la entrada a la parte trasera de la casa, donde había amplios lugares de estacionamiento y una cancha de basquetbol.
Aparentaba ser un lugar de residencia permanente por la forma como estaba equipada y abastecida, cercana a un hospital que se construyó hace no mucho, donde se atendían enfermedades renales, en una comunidad de poco más de dos mil habitantes, sin registros de que ese sea un padecimiento característico de la zona que, eso sí, se encuentra dentro del perímetro que históricamente ha sido santuario del CJNG.
No era como esas casas llenas de lujo y ostentación de narcos que hemos visto a lo largo de los años, pero menos aún cercana a las guaridas en las que se escondían viejos líderes criminales para evitar ser detectados.
El lugar donde se escondía El Chapo tras su segunda fuga era una pequeña cabaña rústica de un piso, en El Limón, en el municipio de Tamazula en la sierra de Durango, que tiene menos de 65 habitantes.
Cuando lo encontró la Marina, con la colaboración de la CIA, que, como en el caso de El Mencho, proporcionó las coordenadas de su ubicación, solo estaba acompañado por una cocinera –siempre había tenido una cocinera con él en su vida de prófugo– y las dos hijas de ella, al ser descubierto corrió hacia el bosque y tropezó hasta que un alambre de púas lo detuvo.
Benjamín Arellano Félix, jefe del Cártel de Tijuana, en su momento la organización criminal más poderosa de México, fue detenido en una casa en un discreto fraccionamiento en la carretera de Puebla a Cholula en 2002, desvestido y solo, sin ningún escolta.
Humberto García Ábrego, que de manera efímera intentó controlar el Cártel del Golfo al ser capturado su hermano Juan, fue detenido en 1994 mientras manejaba una Estaquitas vieja, también solo, en una carretera poblana.
Ismael El Mayo Zambada se movía con enorme discreción, custodiado por solo dos personas, todos ellos procuraban pasar desapercibidos.

