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No era una herida cualquiera: era la señal de la vacuna contra la viruela, una enfermedad que por siglos sembró miedo, dolor y muerte.
Aquella marca nació de una lesión controlada, provocada para enseñar al cuerpo a defenderse. Mientras la viruela dejaba rostros y vidas marcadas, la vacuna dejaba un pequeño círculo de esperanza.
En 1980, el mundo celebró su erradicación.
Desde entonces, esa cicatriz dejó de ser imperfección para convertirse en símbolo: la huella de una humanidad que aprendió a protegerse unida.



