El problema no es el público

Luis Escalante DETONA® Hay una frase que aparece de inmediato cada vez que un recinto artístico está medio vacío o no convoca gente: “el problema es que no hay público”.

Por Luis Escalante
Luis Escalante
Foto tomada de la Red
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A veces la frase viene acompañada de diagnósticos más elaborados como:

  • “la gente no está interesada por el arte”
  • “falta difusión de los eventos culturales”
  • “la sociedad está demasiado distraída por banalidades”.

Pero la conclusión suele ser la misma, en el campo cultural, cuando algo no funciona, el primer sospechoso siempre es el público. 

Esta premisa tiene una ventaja enorme, libera de responsabilidad a casi todos los involucrados en el sector cultural. 

Si el público no existe, no entiende o no está preparado, entonces el problema no está en la manera en que producimos, pensamos, comunicamos y hacemos circular el arte. 

El problema está allá afuera, en esa entidad abstracta llamada “la gente”, que misteriosamente falla cuando los artistas la convocamos, lo extraño es que ese mismo público que supuestamente no existe, aparece con bastante vitalidad en otros lugares. 

Llena conciertos, festivales, salas de cine, plataformas digitales y eventos de todo tipo, la gente consume música, historias, espectáculos, narrativas y experiencias simbólicas todos los días.

El público, al parecer, sí existe. 

Tal vez por eso la pregunta incómoda no sea por qué el público no viene, sino algo ligeramente más relevante: 

  • ¿por qué ciertas prácticas artísticas tienen tanta dificultad para encontrarse con él?
Si el público está ahí.

Entonces el problema podría no estar en su ausencia, sino en la manera en que el campo cultural se ha relacionado históricamente con él. 

Y esa ya no es una pregunta sobre “la gente”

Es una pregunta sobre nosotros, los artistas, ahora bien, tampoco sería honesto ignorar el contexto en el que ocurre esta conversación, es inevitable recordar que las ciudades tienen una forma particular de organizar sus prioridades simbólicas. 

Y Monterrey, en ese sentido, es una ciudad bastante clara consigo misma, es una ciudad que admira la productividad, la visión empresarial y la capacidad de generar riqueza. 

Esas costumbres han moldeado profundamente su identidad colectiva, aquí el éxito suele medirse en negocios que crecen, emprendimientos que se expanden y proyectos que se convierten en negocios exitosos. 

Nada de eso es necesariamente negativo. 

De hecho, explica buena parte de la energía económica que define a la región, pero también tiene efectos culturales. 

Cuando una sociedad organiza su imaginario alrededor de la eficiencia, la rentabilidad y el progreso material, las experiencias que invitan a detenerse, cuestionar o habitar la reflexión no siempre ocupan el centro de la conversación pública. 

No porque la gente sea incapaz de apreciarlas, sino porque no forman parte de las prioridades dominantes del ecosistema cultural.

En ese contexto.

Las prácticas artísticas que buscan abrir espacios de reflexión, incomodidad o contemplación compiten con un entorno que privilegia la velocidad, la utilidad y el entretenimiento inmediato, sería ingenuo ignorar esa tensión. 

Pero también sería demasiado fácil usarla como explicación definitiva. Uno de los pensadores que ayuda a iluminar esta tensión es el crítico cultural británico Raymond Williams, quien insistía en una idea provocadora: “la cultura es ordinaria”

Con esta frase no pretendía restarle valor a la cultura, sino recordarnos que lo cultural no ocurre únicamente en los espacios consagrados al arte (teatros, museos, galerías), sino en la vida cotidiana de las personas:

  • En sus hábitos, sus lenguajes, sus formas de entretenimiento y en las historias que consumen todos los días. 

Vista desde ahí, la distancia entre ciertas prácticas artísticas y el público no necesariamente revela una ausencia de cultura en la sociedad, sino una desconexión entre el arte institucionalizado y la cultura viva que ya circula en ella. 

Quizá el problema no sea que el público no esté interesado en la cultura. 

Tal vez el problema es que el sector artístico todavía no termina de decidir qué tipo de relación quiere construir con la sociedad, y para evitar esa pregunta acude a un recurso muy eficaz: culpar al público. 

Después de todo, el público no escribe diagnósticos culturales ni participa en mesas de discusión. 

Su forma de opinar es mucho más simple: 

Aparece… o decide estar en otra parte.

Luis Escalante
Luis es comunicólogo, artista escénico y experto en economía creativa. Es curioso y filosófico por vocación.