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Popularizada durante la Segunda Guerra Mundial, esta iluminación permitía a la tripulación conservar la adaptación de sus ojos a la oscuridad, indispensable para vigilar el mar a través del periscopio durante operaciones nocturnas.
Mientras la luz blanca podía obligar a esperar hasta 30 minutos para recuperar la visión nocturna, la roja apenas la alteraba.
Aunque hoy muchos submarinos emplean tecnologías más avanzadas, esta práctica sigue siendo uno de los ejemplos más ingeniosos de cómo la ciencia ayudó a ganar ventaja en el mar.



