No a la discriminación por origen: la doble nacionalidad no es traición

He crecido entre el olor a tacos al pastor y el aroma del pan recién horneado de una boulangerie, entre las fiestas patrias del 15 de septiembre y el 14 de julio.
Y hoy me veo obligado a defender algo que debería ser obvio: tener doble nacionalidad no me hace menos mexicano, ni menos leal, ni menos capaz de servir a mi país.
La propuesta de prohibir a quienes tenemos doble nacionalidad postularnos a la Presidencia o a una gubernatura es, lisa y llanamente, un acto de exclusión.
Es una forma de decirnos: “Puedes pagar impuestos, puedes votar, puedes trabajar, puedes servir en el ejército… pero no puedes aspirar a representar plenamente a México”.
Eso no es patriotismo.
Es xenofobia disfrazada de defensa de la soberanía.
Quienes impulsan esta idea suelen argumentar que la doble nacionalidad genera “lealtades divididas”.
- ¿Divididas entre qué?
- ¿Entre el país donde nací y el país de mis padres o abuelos?
Yo no tengo lealtades divididas: tengo lealtades ampliadas.
Mi vínculo con Francia no me resta compromiso con México; me da perspectiva.
Me permite entender mejor el mundo, negociar con más herramientas, atraer inversión, fortalecer lazos culturales y defender los intereses de México en el escenario internacional con un conocimiento que muchos no tienen.
- ¿Acaso un mexicano que solo ha vivido dentro de las fronteras es automáticamente más patriota que yo?
- ¿El que nunca ha cruzado un océano entiende mejor los desafíos globales de nuestro país?
Reducir la capacidad de un ciudadano a la cantidad de pasaportes que posee es una visión estrecha, provinciana y, francamente, mediocre.
Esta propuesta también ignora una realidad básica: México reconoce la doble nacionalidad precisamente porque millones de mexicanos —y sus hijos— viven entre dos mundos.
Castigarnos por eso es castigar a una parte esencial de lo que México es hoy.
Y si alguien duda de que las raíces franco-mexicanas pueden traducirse en servicio real y profundo a este país, le invito a mirar la historia de mi familia, los Coindreau.
Somos descendientes de Louis (Luis Gustavo) Coindreau, originario de Chevanceaux, Francia, quien se estableció en Monterrey en 1856 al casarse aquí.
Desde entonces, durante casi 170 años, la familia se arraigó en Nuevo León: participó en la medicina, en actividades notariales y de abogacía, y tejió lazos con el tejido económico y social de la región.
No llegamos de visita.
Elegimos quedarnos y construir.
En la generación más reciente destaca mi abuelo José Luis “Coco” Coindreau García. En la iniciativa privada fue presidente de la Cámara Nacional de Comercio de Monterrey (CANACO, 1973-1974), consejero de la Concanaco, presidente del Casino de Monterrey y dirigente de Coparmex.
Impulsó el sector productivo, generó oportunidades y alzó la voz cuando hacía falta, defendiendo con claridad los intereses de Monterrey y de México.
En el ámbito público y político fue uno de los fundadores del Partido Acción Nacional en Nuevo León.
Sirvió como regidor en San Pedro Garza García (1994-1996) y como Secretario General de Gobierno del Estado de Nuevo León (1997-2002) durante la administración de Fernando Canales Clariond.
Fue precandidato a la gubernatura por el PAN en 2002.
Además, en 1975 fundó el Consejo Cívico (entonces Consejo de Instituciones) junto con Manuel Rivero, para dar voz ciudadana independiente frente al autoritarismo.
En febrero de 2026 el municipio de San Pedro Garza García le otorgó la Medalla al Mérito Ciudadano “Mónica Rodríguez” 2025 por décadas de trabajo honesto en lo empresarial, de participación comunitaria constante y de servicio discreto y generoso.
Mi abuelo ha sido una de mis mayores inspiraciones.
Verlo servir con integridad, levantar la voz por causas ciudadanas y dedicar su vida al bien común me ha motivado a querer entrar también al servicio público y servir con honor a México.
Su ejemplo me enseñó que el compromiso con este país no se mide por el número de pasaportes, sino por los hechos.
Otros miembros de la familia han continuado esa línea: empresarios vinculados a organismos como CAINTRA, ejecutivos en empresas industriales de Nuevo León, médicos comprometidos con la atención a los más necesitados y líderes vecinales.
Todo ello demuestra que la doble herencia no diluye el compromiso: lo profundiza.


