El oso gordo

Meses antes me habían preguntado qué quería hacer y respondí algo sencillo: caminar en la sierra.
A pocos metros de nuestra cabaña apareció un oso adulto joven, quizá de unos cuatro años de edad, con un evidente sobrepeso.
El animal se veía impresionante: enorme y completamente habituado a la presencia humana.
Su actitud revelaba experiencia, confianza y un aprendizaje adquirido tras muchos encuentros con personas.
El hotel ya cuenta con contenedores anti-osos, tal como lo establece la norma estatal que creamos para evitar el acceso de fauna silvestre a residuos domésticos de comida.
Es una medida correcta y necesaria.
Sin embargo, observando el comportamiento del animal entendí algo importante: el oso ya se había habituado a la comida humana desde antes de que se colocaran los contenedores adecuados y, al perder acceso fácil a la basura, había desarrollado una nueva estrategia.
El gordo esperó a que nos instaláramos y encendiéramos el asador.
Cuando el fuego comenzó, el oso se aproximó.
Cuando estaba a escasos metros de la cabaña intenté alejarlo gritándole, manteniendo distancia y colocando algunas sillas como barrera improvisada, mientras mi familia, ya dentro de la cabaña, me pedía que entrara.
El oso no mostró temor ni nerviosismo.
No hizo movimientos agresivos, pero tampoco retrocedió.
Permanecía allí, observando fijamente, ejerciendo presión únicamente con su presencia, como si supiera perfectamente qué seguía.
Finalmente tuve que entrar.
El oso se acercó al asador, levantó cuidadosamente la tapa encendida y extrajo unos tomates que estaban cocinándose.
No encontró carne y simplemente se retiró.
Este ha sido mi segundo encuentro más riesgoso con un oso negro.
Hace años, en el noroeste de Coahuila, mientras realizábamos trabajo de campo buscando venado bura, me encontré a pocos metros de un gran macho alimentándose de tunas.
En aquella ocasión seguí el protocolo recomendado: retroceder lentamente sin darle la espalda al animal, evitando movimientos bruscos.
Recuerdo incluso haber avisado por radio a mi compañero que, si no volvía a comunicarme en poco tiempo, me buscara.
Durante el encuentro de Chipinque me quedó claro que, cuando se les cierra el acceso a la basura —como ocurre con los contenedores anti-osos— algunos individuos particularmente habituados comienzan a buscar nuevas oportunidades: terrazas, asadores, patios, campamentos o zonas recreativas.
Y ahí se incrementa el riesgo: cuando el oso se acerca cada vez más a las personas o no consigue el alimento que espera encontrar.
