El Presidente, rehén de Gertz

Numerosas críticas recibió ayer el presidente López Obrador por haber esquivado comentar sobre la denuncia por abuso de poder, conflictos de interés, omisión de responsabilidades y extorsiones en contra del fiscal Alejandro Gertz Manero y de la exsecretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero, que publicó el exconsejero jurídico de la Presidencia Julio Scherer, el sábado pasado.
Pero lo importante no fue haber eludido tomar una posición pública sobre el tema, sino, precisamente, reflejar que el conflicto, en el fondo, sí lo impactó y lo tiene atrapado.
La denuncia de Scherer lo dejó sin armas.

Su narrativa diaria de que todo ataque es culpa de los “conservadores neoliberales” tuvo que ser guardada en el cajón de la retórica. El respaldo que ha mostrado semanalmente para el fiscal tampoco se hizo presente.
López Obrador debe estar consciente de que el no haber actuado cuando se lo pidió Scherer, hace casi siete meses, y minimizado el problema, provocó una putrefacción en Palacio Nacional que está subiendo por el cuerpo de su gobierno y su entorno más cercano.
La frivolidad con la que aborda muchos de los asuntos de Estado que no son electorales se volvió su enemiga.
EL CHOQUE ES POLÍTICO, NO JUDICIAL

El Presidente dijo ayer, como único señalamiento de relativo fondo sobre este tema, que serán los tribunales donde se diriman las disputas, como si ignorara que el choque entre Gertz Manero y Scherer no es judicial, sino político.
El fiscal tiene un poder absoluto porque López Obrador se lo permitió, y cuando pudo haberlo frenado, tras la sesión de la Suprema Corte cuando, al revisar los amparos de Laura Morán y Alejandra Cuevas, familiares políticas de Gertz Manero, apuntaron su abuso de autoridad, optó por apoyarlo.
Si Gertz Manero ha actuado de la manera atrabiliaria e ilegal como lo ha hecho, es porque tuvo el aval del Presidente, así como le pidió en el caso Odebrecht y le exigió para mantener en la cárcel a Rosario Robles.
