Escuelas sin pantallas, una oportunidad para reconectar

La presidenta Claudia Sheinbaum ha sido muy clara al explicar que no queremos que nuestras niñas, niños y adolescentes dejen de utilizar la tecnología, sino que aprendan a utilizarla de manera responsable y equilibrada.
Y creo que ahí está la clave para entender esta medida.
Vivimos en una época en la que el teléfono celular se convirtió en una herramienta prácticamente indispensable.
Nos permite comunicarnos, estudiar, trabajar, informarnos y acceder a una enorme cantidad de conocimientos.
Pero también debemos reconocer una realidad:
Una herramienta puede dejar de ayudarnos cuando comienza a ocupar espacios que necesitamos para otras cosas.
La propia Presidenta lo ha planteado de manera muy sencilla:
Si durante el recreo una niña o un niño está concentrado en la pantalla:
- ¿cuándo juega con sus compañeros?
- ¿cuándo conversa?
- ¿cuándo aprende a relacionarse?
- ¿cuándo corre, participa o simplemente se divierte?
Son preguntas que vale la pena hacernos como sociedad.
Porque la escuela no es únicamente el lugar donde se aprenden matemáticas, español, ciencias o historia.
También es donde aprendemos a convivir.
Ahí hacemos amigos, aprendemos a trabajar en equipo, descubrimos nuestras habilidades, enfrentamos diferencias, expresamos lo que sentimos y comenzamos a construir nuestra personalidad.
Por eso, recuperar algunos de esos momentos sin una pantalla de por medio puede ser también una forma de cuidar a nuestras niñas, niños y adolescentes.
Además, la decisión no surge de manera aislada.
La Secretaría de Educación Pública ha trabajado con las autoridades educativas de las 32 entidades para construir un acuerdo nacional sobre el uso y regulación de dispositivos digitales en las escuelas.
También se consultó a las y los docentes, y la Presidenta ha insistido en que las familias deben conocer y participar en esta discusión.
Durante octubre se realizarán asambleas informativas en las escuelas para que madres, padres, personas cuidadoras y la comunidad educativa conozcan la medida, planteen sus dudas y puedan participar en este proceso.
Eso también es importante: informar antes que imponer.
No podemos pedir a nuestras niñas, niños y adolescentes que hagan un uso responsable de la tecnología si los adultos no somos capaces de acompañarlos en ese aprendizaje.
La responsabilidad comienza en la escuela, pero no termina ahí.
También está en casa.
Tenemos que hablar con nuestros hijos e hijas sobre lo que encuentran en internet, sobre las redes sociales, sobre el tiempo que pasan frente a una pantalla y sobre los contenidos que consumen.
Tenemos que enseñarles que no todo lo que aparece en una pantalla es verdad, que no todas las personas que conocen en internet son quienes dicen ser y que su valor como personas no depende de una reacción, un comentario o un “me gusta”.
Por eso, me parece importante que esta política forme parte de una conversación mucho más amplia sobre el bienestar de nuestras infancias y juventudes.
La Presidenta ha impulsado también acciones como El ABC de las emociones, precisamente porque cuidar a las nuevas generaciones significa atender no solamente su aprendizaje académico, sino también su desarrollo emocional y su capacidad para relacionarse con los demás.

