Doscientos cincuenta años de un experimento inconcluso

Juan Pablo Saavedra DETONA® Estados Unidos cumplió 250 años entre fuegos artificiales, calor extremo y un discurso presidencial que apeló a los grandes símbolos de la libertad frente a la tiranía.

Por Juan Pablo Saavedra
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EEUU
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En un contexto de creciente polarización interna tras el avance del socialismo democrático en las primarias demócratas.

Pero más allá de la coyuntura partidista, la escena resume el problema de fondo, la nación que se fundó sobre la promesa de "una unión más perfecta" celebra su aniversario más simbólico en medio de un ambiente político que cada vez distingue menos entre adversario legítimo y amenaza existencial.

No es casualidad menor que las celebraciones oficiales estén organizadas por dos entidades paralelas: 

La Comisión America250, de origen bipartidista nacida en 2016, y el Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para el 250 aniversario, creado mediante orden ejecutiva en 2025.

 Que una efeméride republicana requiera un doble aparato —uno institucional de largo aliento y otro ligado al ciclo político del momento— dice algo sobre cómo las conmemoraciones nacionales tienden a volverse, en cualquier administración, un terreno más de disputa simbólica.

El detalle no es protocolario.

Se ajustó el diseño de las monedas conmemorativas, retirando piezas que honraban la abolición, el sufragio femenino y los derechos civiles, mientras se prepara una nueva campana en honor a las mujeres en la historia estadounidense. 

Ello revela una tensión legítima y recurrente en toda democracia, qué parte de la memoria colectiva se decide destacar y cuál se deja en segundo plano, según quién gobierne y su relato —como hoy en México. —

Y aquí conviene detenerse y preguntar qué es, en rigor, lo que una nación celebra cuando celebra su fundación. 

No es el hecho jurídico —la firma en Filadelfia, la resolución del Congreso Continental— sino la virtud cívica que ese hecho pretendía instaurar, la capacidad de un pueblo de deliberar sobre el bien común por encima de la facción. 

Es la pregunta aristotélico-tomista de siempre:

¿existe todavía, bajo el ruido, una comunidad política capaz de reconocerse en fines compartidos, o corre el riesgo —como advertía MacIntyre— de sobrevivir solo en fragmentos de un lenguaje moral común que ya no se comparte?

México debería mirar este espejo con humildad, no con distancia. 

Carecemos del aparato conmemorativo estadounidense —la marca "America250", la inversión turística, y el andamiaje institucional que convierte una fecha en pedagogía cívica durante todo un año— .

Pero también carecemos, con mayor gravedad, de esa cultura de introspección nacional que, aun con sus propias tensiones, obliga a Estados Unidos a preguntarse públicamente quién es. 

Nuestras efemérides suelen ser ritual oficialista, no examen de conciencia, el 16 de septiembre o el 20 de noviembre, pasan sin que la clase política se pregunte, con la honestidad que exige el momento, si las instituciones que decimos honrar siguen sosteniendo en los hechos lo que prometen en el discurso.

No es: 

"así de fracturados están ellos, qué bueno que nosotros no". 

Es más incómodo, incluso una república que celebra su aniversario en medio de la tormenta —literal y política— conserva Instituciones lo bastante robustas para que el desacuerdo no la destruya. 

Lo que México no puede seguir postergando es si las nuestras, mucho más jóvenes e incomparablemente más débiles, resistirían un examen semejante. 

Doscientos cincuenta años después, el experimento republicano estadounidense sigue vivo precisamente porque nunca dejó de ser, para bien y para mal, un experimento. 

El nuestro no puede darse el lujo —ni podemos permitirlo —  de dejar de serlo tampoco.

Juan Pablo Saavedra
Licenciado en Derecho por la Universidad Pontificia de México, institución donde cursó también estudios en Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Cursó la Maestría en Periodismo Político en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Cuenta con diplomados y certificaciones del INE México, el Poder Judicial Federal, la Escuela de Liderazgo Político de la Konrad Adenauer Stiftung (CDU, Alemania) en Economía Social de Mercado, y en Gobernanza Democrática, por la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana (UP), también por el Centro de Análisis y Entrenamiento Político de Colombia (CESOP) en Manejo de Crisis. Actualmente se desempeña como Coordinador del Área Social, Medio Ambiente y Energía de la Fundación Rafael Preciado Hernández, A.C., donde ha publicado múltiples análisis de política pública.