Eventualmente todas las olas, ceden, incluso en Bumble y otros Instantes Invisibles
Mi inmersión en el vasto océano de conexiones digitales evoca la metáfora del elefante, que, sin alardear su grandeza, simplemente camina.
La verdadera grandeza de este gran aprendizaje que he estado teniendo al adentrarme en los mares del ártico, reside en los pequeños pasos que, de manera imperceptible, me han impulsado hacia adelante, a continuar navegando hacia el polo contrario e ir dejando atrás el frío mar del ártico de relaciones digitales en Bumble.
Mi regreso al “dating scene”, es un acto personal, una disculpa a mí misma por las serie de eventos que me han atropellado en la última década y que me habían hecho cerrarme a seguir mi corazón, abrazar las casualidades, en vez de pasar una vida persiguiendolas, en una huida interminable.
Estoy convencida de que mi vida y mi carácter podrían haber sido más dulces si no hubiera dejado que esos eventos sellevaran mi magia, rodeándome de un aura sombría, que me hace sentirme indefensa, pero también esa oscuridad ya es parte fundamental de mi esencia y es ahí donde radica mi magia actual.
Sentirse indefenso es sumergirse en la vastedad de la vulnerabilidad, donde las fuerzas externas parecen superar cualquier capacidad de resistencia.
Es como estar a la deriva en un océano de incertidumbre, donde la sensación de impotencia se manifiesta como una marea que arrastra la seguridad y la confianza.
En este estado, la fragilidad se hace palpable, y cada paso se siente titubeante en un terreno desconocido, donde el control se escapa como arena entre los dedos.
Sí, se nos escapa.
En este universo digital, la efímera naturaleza del amor se manifiesta.


