Va por México

Riva Palacio DETONA®  El Estadio Azteca es una experiencia difícil de explicar para quien nunca ha estado ahí, pero fácil de recordar no solo para quien alguna vez se asombró, se sintió intimidado y soñó desde sus butacas, sino para quienes ven a este deporte existencialmente, como parte de la condición humana.
 

Por Raymundo Riva Palacio
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Imagínese estar en el centro de la cancha del Estadio Azteca.

Y ver la última fila en la grada más lejana, que es como mirar un edificio de 40 pisos acostado.

La monumentalidad arquitectónica que Pedro Ramírez Vázquez proyectó como si fuera uno de los grandes centros ceremoniales mesoamericanos abruma, sobrecoge, intimida, no es solo su enorme tamaño. 

Es la carga simbólica la que amplifica cualquier emoción, porque el Estadio Azteca pertenece a una categoría reservada para muy pocos estadios en el mundo, aquellos cuya historia terminó siendo más grande que sus muros.

Imagínese estar en el corazón de la catedral del futbol mundial, que tenemos tan cerca que nos perdemos en dimensionar que ese es el tamaño histórico del Estadio Azteca. 

Cierre los ojos y recuerde: 

Ahí se jugaron dos finales de Copa del Mundo; ahí se cruzaron las historias de Pelé y Maradona, como escenario de dos generaciones distintas de inmortales, donde se jugó el partido en el que apareció “la mano de Dios” y se anotó el gol más hermoso de la historia.

Y se escenificó el juego del siglo entre Italia y Alemania, donde Franz Beckenbauer peleó en la cancha durante casi todo el tiempo con el hombro dislocado e inmovilizado en un cabestrillo, como ícono de la batalla donde 22 gladiadores dejaron todo su coraje ante un estadio que rindió tributo a su dignidad.

Imagínese en el Estadio Azteca, donde el sonido colectivo produce una sensación de pertenencia más grande que uno mismo. 
  • El Himno Nacional y el Cielito Lindo.
  • Las Golondrinas.
  • El gol de penalti cobrado por El Halcón Gustavo Peña, para derrotar a Bélgica y pasar a los cuartos de final en 1970, y el gol de media tijera de Manuel Negrete en el minuto 35 del primer tiempo contra Bulgaria en 1986, que levantó a los 100 mil aficionados en un alarido que describiría más adelante como una sensación de éxtasis. 

Los grandes momentos siempre generan explosiones de júbilo, pero el Estadio Azteca no aplasta tanto con la celebración como con los abucheos, que pueden aplastar.

El Estadio Azteca es una experiencia difícil de explicar para quien nunca ha estado ahí, pero fácil de recordar no solo para quien alguna vez se asombró, se sintió intimidado y soñó desde sus butacas, sino para quienes ven a este deporte existencialmente, como parte de la condición humana. 

El Estadio Azteca no es el más moderno, incluso huele a viejo, y tampoco es el más lujoso. 

Sin embargo, cuando se menciona su nombre en cualquier conversación sobre futbol, ocupa un lugar que el dinero no puede comprar y que la ingeniería, por sí sola, no puede construir.

Raymundo Riva Palacio
Periodista y analista político de larga trayectoria en México. Escribió en diarios como Excélsior, Reforma, El Independiente, 24 Horas y El Financiero. Fue director editorial de El Universal entre 2007 y 2008. Cofundó y dirigió el diario Milenio y fue director general de la agencia de noticias Notimex.