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La llamada fotografía post mortem permitía conservar un último recuerdo del ser querido, y muchas veces era la única imagen que existía de él.
Los fotógrafos acudían a los domicilios, donde el fallecido era vestido y colocado en una cama, sillón o junto a familiares, buscando transmitir serenidad.
La práctica fue especialmente frecuente con niños, debido a la alta mortalidad infantil.
Aunque hoy pueda parecernos macabra, entonces representaba cariño, memoria y una forma de enfrentar el duelo mediante una imagen permanente.
Así la cultura en esa época.
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