España levantó el trofeo después de una gran competencia y millones de personas en el mundo despidieron una fiesta que durante semanas nos regaló emociones inolvidables.
Pero para México, y particularmente para Nuevo León, el mayor triunfo se vivió en nuestras calles.
Durante estos días vimos familias enteras reunidas para disfrutar un partido.
Amigos, vecinos e incluso desconocidos compartiendo una misma emoción; restaurantes, plazas y espacios públicos llenos de personas que, por unas horas, dejaron de lado las diferencias para celebrar algo que nos unía.
Eso también deja huella.
Nuestra presidenta Claudia Sheinbaum expresó que los tres países anfitriones —México, Estados Unidos y Canadá— demostramos que, cuando trabajamos unidos, somos capaces de hacer realidad grandes proyectos y dejar un legado de cooperación, amistad y esperanza para el mundo.
Comparto esa reflexión.
Porque, más allá de la organización de un evento de talla internacional, México volvió a mostrar su mayor fortaleza, su gente.
Y Nuevo León también.
Quienes vivimos aquí sabemos que esta tierra se distingue por su capacidad para trabajar, innovar y salir adelante.
Pero durante el Mundial también mostramos otra cara que nos llena de orgullo:
La de una sociedad hospitalaria, generosa y abierta al mundo.
Miles de visitantes llegaron a nuestro estado y encontraron mucho más que un estadio.
Encontraron personas dispuestas a ayudar, comerciantes que los recibieron con una sonrisa, familias orgullosas de compartir nuestras tradiciones y una comunidad que hizo sentir bienvenido a quien venía de cualquier rincón del planeta.
Ése es el Nuevo León que merece ser conocido.
Porque la grandeza de un estado no sólo se mide por su capacidad económica, también se mide por la calidad humana de su gente.
Y de eso podemos sentirnos profundamente orgullosos.
Sin embargo, el Mundial también nos dejó una enseñanza que no deberíamos olvidar.
Durante unas semanas comprobamos que sí podemos encontrarnos, convivir y celebrar juntos.

