Magnifica humanitas

El pasado 15 de mayo.
En el 135.° aniversario de la publicación de la Carta Encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII, el Papa León XIV firmó su primera Carta Encíclica: Magnifica Humanitas.
Dedicada a la custodia de la persona humana y su eminente dignidad en el auge de la inteligencia artificial, esta, no es un documento técnico ni una condena de la modernidad.
Es algo más exigente y más urgente, es una “actualización del sistema” de la Doctrina Social de la Iglesia ante lo que el propio pontífice identifica como el mayor desafío de nuestra época.
Este nuevo texto constituye la interpelación filosófica y política más rigurosa que se ha producido hasta la fecha sobre la revolución de la IA, y que su ignorancia desde los espacios de deliberación ética y pública, —incluido México— sería un error de proporciones históricas.
La apertura de la carta fija las coordenadas del problema con una precisión que no admite error o vicio:
"La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos" (n. 1).
La disyuntiva no es retórica, León XIV la operacionaliza a lo largo de 245 párrafos a través de los principios clásicos de la Doctrina Social Católica —dignidad humana, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad, justicia social— convertidos, en su formulación, en "criterios para juzgar si las tecnologías sirven realmente a la humanidad o terminan por someterla" (n. 183) en una sutil, pero terrible nueva esclavitud.
Esta es la aportación central del texto, los principios no son adorno doctrinal, son instrumentos analíticos de discernimiento a la luz de la verdad, aplicables en decisiones concretas de política pública, diseño algorítmico y gobernanza digital.
El capítulo tercero contiene la crítica más incisiva al paradigma tecnocrático, el Papa es explícito:
"No podemos considerar a la IA como moralmente neutra, en realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones" (n. 104).
Esta afirmación desarma el argumento liberal más socorrido —que la tecnología es un instrumento y que todo depende de su uso— y obliga a plantear la pregunta central más crítica sobre el “diseño”, esto es, qué visión de la persona queda inscrita en los datos y en los modelos que guían a los sistemas artificiales.
La respuesta implica, como señala el n. 107 con toda verdad.
Que, si la definición del código ético de la IA recae en unos pocos, "quien controla la IA impondrá su propia visión moral, que se convertirá en la infraestructura invisible de los sistemas."
No hay regulación técnica que resuelva un problema que es, en esencia, político y antropológico.
Para México, un país donde la política de digitalización avanza sin arquitectura, sin marco legal, sin ética y, donde los escasos debates legislativos sobre IA.
Se producen al margen de cualquier reflexión de fondo sobre el fin mismo del hombre, Magnifica Humanitas llega como una provocación saludable, es un pulso de oxígeno interpelador a la razón.
El n. 109 es señaladamente relevante en este contexto:
"Hablar de subsidiariedad exige proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos en otro sitio."
Mientras las grandes plataformas digitales definen las condiciones de acceso, la publicidad sin medida, los algoritmos de visibilidad y las posibilidades económicas de millones de mexicanos.
El Estado observa desde lejos sin norte claro, y paralelamente al mismo, la sociedad civil, carece de los instrumentos reales de participación en este discernimiento.
Leer esta carta encíclica no es un acto de piedad religiosa.
Es un acto de audacia e inteligencia política.
- El siglo XIX y su revolución industrial, lo soportó Rerum Novarum.
- El siglo XXI tiene ahora a Magnifica Humanitas.
La pregunta es:

