La cena frustrada

Riva Palacio DETONA®  El tiroteo del sábado, aunque inédito, no ocurrió en un vacío, y recordó un disturbador momento de 1981, porque ahí, en la misma puerta por donde entró el atacante, John Hinckley Jr., atentó contra Reagan.

Por Raymundo Riva Palacio
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Donald Trump
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La noche en Washington tenía ese aire enrarecido que precede a las tormentas políticas. 

En el salón del Hotel Washington Hilton, donde cada año se celebra la cena de corresponsales de la Casa Blanca, el poder suele disfrazarse de ligereza, con bromas pesadas e incluso golpes bajos. 

  • Donald Trump había entrado al cavernoso salón, bajo una mezcla de aplausos protocolarios y silencios calculados. 

Era la primera vez que aceptaba ir como presidente y la única especulación que había era si, después de pronunciar su discurso, insultando y atacando otra vez a la prensa, se marcharía sin escucharlos. 

  • Pero poco más de 20 minutos después de haberse sentado, un tiroteo afuera del salón arrojó todo al caos y la confusión.

Las imágenes captadas por las cámaras de televisión y los asistentes al evento social y político más importante del año en esta capital se esparcieron casi inmediatamente por el mundo. 

Después de todo, el salón estaba saturado mayoritariamente de periodistas, quienes tienen la necesidad existencial de difundir a la velocidad de la luz, si eso fuera posible, la información que obtienen. 

El sábado no hubo necesidad de ir a buscar la información, la información se le cruzó a todos.

La escena parecía escrita por un guionista con gusto por la ironía cruel:

La cena de corresponsales de la Casa Blanca, ese ritual donde el poder se disfraza de autocrítica y la prensa de irreverencia, interrumpida por el estruendo seco de los disparos. 

Se oyó un sonido como de explosión, pensamos algunos; otros, como Enrique Acevedo, conductor del noticiero estelar de N+, escucharon cinco disparos. 

Trump, sentado en el presidium junto a su esposa Melania, atendía sobre su hombro a Oz Pearlman, el performer que iba a entretener a todos con sus habilidades mentales, cuando, por su reacción, notaron que algo fuera del programa estaba sucediendo.

Frente a ellos entraba apresurado el Servicio Secreto con sus Glock empuñadas, en el presídium, donde estaban los Trump, su equipo de seguridad corrió violentamente por los costados. 

Por su izquierdo, arrancaron de su silla al vicepresidente JD Vance para sacarlo del escenario, tres más cubrieron a Trump con su cuerpo y lo mantuvieron en el suelo hasta que un equipo SWAT de la policía metropolitana, con intimidantes rifles AR-15, estableció un perímetro de seguridad para que pudieran extraerlo.

Habían pasado unos segundos. 

El Servicio Secreto sacó a Marco Rubio, el secretario de Estado, que estaba sentado con el embajador de Israel, Yechiel Leiter, y a Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes. 

Buena parte del gabinete estaba presente, pero ellos dos eran prioridad, por encontrarse en la línea de sucesión, detrás del vicepresidente, en caso de ausencia de Trump.

Lo de la noche del sábado no fue solo el tercer tiroteo en el que está involucrado Trump en los dos últimos años, o un acto aislado de violencia, fue una ruptura simbólica en el corazón de la narrativa democrática estadounidense: 

El espacio donde gobierno y medios ensayan, aunque sea por una noche, una ficción de convivencia, conmemorando la Primera Enmienda. 

Esta cena es, en el fondo, un termómetro del clima político en Washington: 
  • Cuando el poder se siente fuerte, domina el humor, cuando se debilita, aflora la tensión. 

Eso se esperaba anoche, por el fracaso táctico de la guerra en Irán, y la desaprobación creciente de su gestión.

No siempre había tenido este tipo de prolegómenos, la primera cena fue en 1924, cuando Calvin Coolidge fue invitado, durante muchos años mantuvo un bajo perfil, no el escaparate de ironía, celebridades y tensión en lo que se ha convertido desde los años 80.

Cuando se metabolizó por la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca, un actor mediocre de Hollywood, y la política comenzó a mezclarse con el entretenimiento, empezando a ser un espejo de la relación entre el poder y la prensa.

Raymundo Riva Palacio
Periodista y analista político de larga trayectoria en México. Escribió en diarios como Excélsior, Reforma, El Independiente, 24 Horas y El Financiero. Fue director editorial de El Universal entre 2007 y 2008. Cofundó y dirigió el diario Milenio y fue director general de la agencia de noticias Notimex.