¡Viva Cristo Rey!: memoria, fe y las heridas de un conflicto que aún resuena

Coco Coindreau III DETONA® En el verano de 1926, las campanas de las iglesias de México guardaron un silencio sin precedentes.

Por José Luis Gustavo Coindreau Salinas
José Luis Gustavo Coindreau Salinas
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El 31 de julio de ese año entró en vigor la llamada Ley Calles, y los obispos mexicanos, en una decisión colectiva inédita, decretaron la suspensión del culto público en todo el país a partir del 1 de agosto. 

Lo que siguió no fue solo una crisis religiosa: 

Fue una guerra civil que dejó cicatrices profundas, miles de muertos y un grito que aún hoy evoca pasiones encontradas:

«¡Viva Cristo Rey!». 

En 2026 se cumple un siglo de aquel punto de ruptura. 

Es momento de conmemorar y, sobre todo, de reflexionar.

Orígenes de un choque anunciado

La tensión entre el Estado mexicano y la Iglesia católica no nació de la nada. 

La Constitución de 1917, fruto de la Revolución, había incorporado artículos fuertemente anticlericales: 

Negaba personalidad jurídica a las iglesias, limitaba el número de sacerdotes, prohibía el culto fuera de los templos, nacionalizaba bienes eclesiásticos y restringía la participación política del clero. 

Durante los gobiernos de Carranza y Obregón se aplicaron con relativa moderación. 

Fue bajo la presidencia de Plutarco Elías Calles cuando se endureció la aplicación. 

La reforma al Código Penal de junio de 1926 —conocida como Ley Calles— impuso sanciones severas, obligó al registro de sacerdotes, limitó su número por estado y expulsó a muchos extranjeros.

Los obispos respondieron con la suspensión del culto público como forma de protesta. 

Para millones de católicos, especialmente en el centro-occidente del país (Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Zacatecas, Colima y otros), aquello significaba la imposibilidad de celebrar misa, bautizos, matrimonios o confesiones de manera abierta. 

La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa intentó primero la resistencia pacífica y el boicot económico, cuando la represión se intensificó, surgieron los levantamientos armados, los combatientes se autodenominaron cristeros.

El inicio de la violencia armada: 3 de agosto de 1926

Los conflictos armados comenzaron el 3 de agosto de 1926. Ese día, en Guadalajara, Jalisco, unos 400 católicos armados se atrincheraron en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. 

Intercambiaron disparos con tropas federales y se rindieron solo cuando se les agotó la munición, según fuentes consulares estadounidenses, el enfrentamiento dejó 18 muertos y alrededor de 40 heridos. 

Al día siguiente, en Sahuayo, Michoacán, soldados del gobierno asaltaron la iglesia parroquial; el párroco y su vicario murieron en la violencia. 

Estos hechos marcaron el estallido de lo que se convertiría en una guerra civil de casi tres años, oficialmente datada del 3 de agosto de 1926 al 21 de junio de 1929.
 

Tres años de sangre y resistencia

La Guerra Cristera fue desigual. 

Los cristeros —en su mayoría campesinos, rancheros y algunos líderes urbanos— carecían al inicio de armamento moderno y de una estructura militar profesional. 

Contaron con figuras como el general Enrique Gorostieta, que profesionalizó en parte el movimiento, y con el apoyo logístico de mujeres organizadas en las “Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco”. 

El grito de guerra unía fe e identidad:

 «¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!».

El conflicto fue brutal por ambos lados.

 Hubo ejecuciones sumarias, torturas, saqueos y atrocidades, estimaciones serias sitúan el número total de muertos entre 70.000 y 250.000 personas (combatientes y civiles), además de cientos de miles de desplazados, muchos de ellos hacia Estados Unidos. 

Sacerdotes y laicos fueron fusilados, algunos han sido reconocidos como mártires por la Iglesia católica. 

Al mismo tiempo, el ejército federal aplicó una política de contrainsurgencia dura, que incluyó el colgamiento de cuerpos a lo largo de las vías férreas como escarmiento.

Los alzamientos se extendieron rápidamente por Jalisco, Zacatecas, Guanajuato, Michoacán y otros estados del centro-occidente. 

Aunque la jerarquía eclesiástica no promovió de manera unánime la lucha armada —muchos obispos preferían la resistencia pacífica—, el movimiento popular se alimentó de una profunda convicción religiosa y del rechazo a lo que percibían como una persecución intolerante.

José Luis Gustavo Coindreau Salinas
Tengo 28 años soy Licenciado en Relaciones Exteriores y tengo toda mi vida viviendo en San Pedro Garza García. Soy nieto de José Luis “Coco” Coindreau García, uno de los fundadores del PAN en Nuevo León, y gracias a él me interesa la política, el servicio público y la participación ciudadana.