México y la tercera opción

Una vez más.
Como cuando un comando estadounidense capturó en Culiacán a Ismael El Mayo Zambada en 2024, el gobierno mexicano no sabe ahora qué estaban haciendo agentes de la CIA en un operativo conjunto con la policía ministerial de Chihuahua.
Se queja y reclama reconociendo sus límites, sin exabruptos, pero con dubitaciones sobre qué hacer, el gobierno se siente traicionado y humillado, otra vez.
Todavía no le dice Estados Unidos cómo se llevaron a Zambada. Y no encontrará el gobierno en esta ocasión una respuesta satisfactoria, nuevamente le jugaron a sus espaldas.
Hay quienes dentro del gobierno se preguntan por qué, si han escuchado de voces estadounidenses lo maravillosa que ha sido la cooperación en seguridad, y otros, simplemente tratan de dilucidar qué sucedió.
La respuesta quizás se encuentra en “Tercera Opción”, un concepto operativo dentro del pensamiento estratégico estadounidense que utiliza consistentemente la CIA en todo el mundo.
Es una doctrina informal que fue descrita por Loch Johnson en su libro The Third Option (2022), donde enumera los tres grandes instrumentos que guían la política exterior de su país:
- The treaties power (la diplomacia), the war power (las guerras) y the spy power (la inteligencia).
Si empalmamos la forma como los gobiernos de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador abordaron la cooperación con Estados Unidos en el campo de la seguridad, podemos entender lo que está viviendo y sufriendo la presidenta Claudia Sheinbaum.
Que ha sido no solo heredera de la ruptura del tejido que se había construido por años, sino envuelta en la imbricada red que le dejó López Obrador, cuyo lastre está afectando su credibilidad en Washington.
La primera opción, la diplomacia, fue cerrada casi al arrancar el gobierno de Peña Nieto, cuando en una reunión bilateral de alto nivel, el exsecretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, dijo, palabras más, palabras menos, que se había acabado el tiempo de concesiones del expresidente Felipe Calderón, y que no permitirían que se socavara la soberanía.
El resultado fue el desmantelamiento de Plataforma México, que culminó con la destrucción de la inteligencia criminal, una espiral de violencia imparable y la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán, que pudieron recapturar, paradójicamente, con información de la CIA.
López Obrador recibió de Peña Nieto un país rojo, que lo llevó a escarlata.
Si su predecesor frenó la cooperación bilateral, él la cerró por completo, dejó de enfrentar al crimen organizado, al que le abrió –como contraprestación de financiamiento y acciones electorales–.
El territorio nacional para sus negocios, entregándole, por omisión o comisión, funciones del Estado a cárteles, pandillas y caciques asesinos locales, con lo cual, en la lucha por los lucrativos mercados, elevó los asesinatos a números nunca antes vistos en tiempos de paz.
La llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia fue vista en Washington como una oportunidad para restablecer lo destruido, retomaron la “primera opción” de la diplomacia, aunque acompañada de la retórica amenazante y vitriólica del presidente Donald Trump para forzar la aceptación de tropas en México para combatir al crimen organizado.
Se estableció un nuevo mecanismo de cooperación, que se fue agotando al topar la presidenta con la barrera que no ha podido franquea:
El desmantelamiento de la cadena de complicidades entre criminales y políticos, especialmente del régimen obradorista.


