La vacante no existe en política

Juan Pablo Saavedra DETONA® A las afueras de Magdeburgo, Alemania, existe un terreno preparado pero vacío. 

Por Juan Pablo Saavedra
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En 2023 el gobierno alemán firmó ayudas por 9,900 millones de euros para que Intel construyera ahí dos fábricas de chips, con una inversión de 30,000 millones y la promesa de tres mil empleos. En julio de 2025 la empresa canceló el proyecto. 

El dinero público no llegó a gastarse, pero el futuro anunciado tampoco llego nunca, el terreno quedó desierto y con él las aldeas que envejecen velozmente sin médicos ni comercio locales.

Ese estado, Sajonia-Anhalt, votó el domingo. 

Contadas las 2,661 casillas, Alternativa para Alemania -AfD- obtuvo el 43.8% de los votos y la Unión Demócrata Cristiana –CDU-, que gobernaba, apenas 17.2%.

Hace cinco años estas cifras eran 20.8% y 37.1%. No fue un problema de participación, ella alcanzó el 77.8%, la más alta desde que el estado existe. 

La AfD atrajo a ciento setenta mil ciudadanos que no votaban y, según las encuestas, se llevó casi dos tercios del voto obrero. 

Hoy sus treinta y nueve escaños no le dan el gobierno, pero sí el poder de bloquear cualquier reforma constitucional.

Su antecedente: en febrero, el Tribunal Administrativo de Colonia prohibió cautelarmente que la oficina federal alemana, llamara públicamente a ese partido como extrema derecha, y si bien es verdad, que sí encontró algunas propuestas inconstitucionales aisladas, no dio por acreditado que ese fuera el carácter general del partido. 

Sin embargo, Sajonia sí le colocó esa clasificación, la pregunta entonces es la siguiente: 

Si la etiqueta describe al partido, ¿cómo es que 44 de cada 100 votantes lo eligieron? Máxime cuando el mapa del nuevo gobierno, coincide con el de la otrora RDA, bloque de la URSS y antítesis política de la extrema derecha hoy triunfadora.

Lo que sí lo explica: 

En Alemania denominan Brandmauer (cortafuegos) al compromiso multi partidario de no pactar jamás con la AfD, ni en votaciones ni en gobiernos.

Pero en enero de 2025, cuando encabezaba la oposición y disputaba la cancillería, Friedrich Merz, sacó adelante una moción migratoria gracias a los votos de este jurado enemigo, y declaró que cortafuegos era una palabra equivocada. 

La apuesta ciertamente le sirvió para llegar a canciller en mayo, sin embargo, al hacer suyo el argumento ajeno, él mismo le dio la carta de respetabilidad a la AfD, quedando como copia incompleta de la propuesta original de ese partido. 

El domingo pasado los alemanes se lo cobraron: 

La CDU perdió en Sajonia-Anhalt la mitad de sus votos, porque el elector que quería ese discurso, prefirió a quien lo vendía originalmente y desde el principio. 

El politólogo Werner Patzelt, democristiano desde 1994, lo denomina como brecha de representación, y significa que la oportunidad se abre cuando lo pide el electorado y no se toma en serio, y la oportunidad la roba quien sí se molesta en escucharla y aplicarla.

En marzo, cinco fracciones que iban de centro izquierda a liberales, reformaron la Constitución del estado para “asegurar el funcionamiento de sus órganos”.

Puede leerse como prudencia institucional o como el gesto de blindar la casa, en vez de salir a disputar la calle. 

Seis meses después, la calle respondió.

Ahí está la lección, y no es solamente alemana. 

El partido que se desdibuja para caber en todas partes termina por no ser elegible en ninguna, y cuando dos ofertas se vuelven indistinguibles, el ciudadano que quiere un cambio no elige entre ellas, sino contra las dos. 

La defensa frente a los extremos, vengan de donde vengan, no está en copiarles el discurso ni en levantarles muros de procedimiento, sino en sostener una oferta propia, reconocible y coherente, que permita al elector distinguir gobiernos y atribuirles resultados. 

Donde no hay diferencia no hay elección verdadera, y donde no hay elección no hay a quién reclamarle la prosperidad prometida.

La política es la más arquitectónica de todas las artes, porque ordena las demás al bien mayor del hombre común.

El bien común, no es simplemente la suma de intereses sociales, sino lo que a todos perfecciona y fortalece para bien. 

Un partido que persigue votos y descuida la representación de a quien lo eligió por sus propuestas, se queda sin unos y sin otra.

El terreno de Magdeburgo sigue vacío. 

Pero las vacantes políticas, en cambio, siempre acaban ocupándose.

Juan Pablo Saavedra
Licenciado en Derecho por la Universidad Pontificia de México, institución donde cursó también estudios en Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Cursó la Maestría en Periodismo Político en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Cuenta con diplomados y certificaciones del INE México, el Poder Judicial Federal, la Escuela de Liderazgo Político de la Konrad Adenauer Stiftung (CDU, Alemania) en Economía Social de Mercado, y en Gobernanza Democrática, por la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana (UP), también por el Centro de Análisis y Entrenamiento Político de Colombia (CESOP) en Manejo de Crisis. Actualmente se desempeña como Coordinador del Área Social, Medio Ambiente y Energía de la Fundación Rafael Preciado Hernández, A.C., donde ha publicado múltiples análisis de política pública.