La vacante también se hereda

Juan Pablo Saavedra DETONA® Hace un mes, a propósito del triunfo de Alternativa para Alemania, la ultraderecha alemana, en el estado de Sajonia-Anhalt, sostuve en este espacio que la vacante no existe en política: 

Por Juan Pablo Saavedra
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Flávio Bolsonaro, foto tomada de la red.
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El lugar que un partido abandona no queda vacío, porque otro termina ocupándolo. 

Brasil acaba de mostrar el paso siguiente, más inquietante. 

Cuando el centro renuncia a proponer, la vacante no solo se ocupa, también se hereda, y pasa de mano en mano como patrimonio de familia.

Los números de la primera vuelta, celebrada el domingo pasado en Brasil, son claros. 

Flávio Bolsonaro, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, obtuvo 47.03% de los votos válidos, y el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, solo el 45.16%. 

Como nadie alcanzó la mitad, volverán a medirse el próximo 25 de octubre. 

Entre ambos reunieron el 92.19% del padrón en una contienda de trece candidaturas distintas.

Pero el resto apenas sumó un 7.6%. En 2022 el orden fue inverso —Lula se impuso en ambas vueltas, la última con un 50.9% contra 49.1%—, pero la geometría de base era la misma: 

Dos polos opuestos y un país que suele votar en contra, antes que a favor. 

Es la discordia que Aristóteles llamó stasis, aquella en la que cada facción deja de buscar el bien de la ciudad y solo aspira a vencer a la otra parte.

Lo revelador del asunto en este caso, es quiénes encarnan esos polos.

Por un lado, el Partido Liberal, formación de derecha de los Bolsonaro, que postula al hijo de un hombre condenado en 2025 por el Supremo Tribunal Federal a 27 años y tres meses de prisión por encabezar una trama para impedir que Lula asumiera el poder. 

La candidatura no nació de una deliberación partidaria, sino de una designación paterna, el presidente del PL la anunció informando que Flávio era el nombre seleccionado por Jair Bolsonaro. 

Del otro, el Partido de los Trabajadores, que Lula fundó, —su Morena— vuelve a depender de él tras el desgaste de sus relevos y lo presenta a un cuarto mandato dos días antes de que cumpla 81 años. 

Son un apellido y una biografía convertidos en imaginario social, pero ninguno es, en sentido estricto, un proyecto. 

Y cuando el poder se transmite como herencia, deja de ordenarse al bien común para ordenarse al de un linaje, la misma frontera con la que el Aquinate distinguía el gobierno recto del que no lo es.

¿Y el centro? Tuvo su oportunidad y la declinó. 

En marzo, el Partido Social Democrático, de centro, eligió como candidato a Ronaldo Caiado, exgobernador de Goiás cercano al agronegocio, por encima de Eduardo Leite, gobernador de Rio Grande do Sul, quien pedía una campaña sobre un Brasil nuevo y no sobre amnistías. 

Caiado arrancó prometiendo que su primer acto de gobierno sería una amnistía amplia, general e irrestricta para los condenados por el 8 de enero de 2023 —el asalto de simpatizantes bolsonaristas a las sedes de los tres poderes en Brasilia— y para el propio Jair Bolsonaro. 

Leite advirtió que la decisión desencantaba y prolongaría la polarización radicalizada. 

El domingo, Caiado quedó quinto con solo el 2.19% de los votos. 

El centro que imita a uno de los extremos no conquista el electorado ajeno; le entrega el propio. 

Alemania lo anticipó y Brasil lo confirmó.

A esa orfandad se suma la tutela externa. 

Trump recibió a Flávio en la Casa Blanca en mayo, y Washington clasificó a las mayores facciones criminales brasileñas como organizaciones terroristas, como antes hizo con los cárteles mexicanos. 

El gobierno de Lula leyó ambas señales como presión electoral, pero claramente la administración estadounidense lo niega.

La lección para México, a solo ocho meses de la elección intermedia que será trascendental, no consiste en elegir entre Lula y Bolsonaro, sino en evitar el modelo de la vacante que los produjo. 

Cuando la política se vuelve una guerra civil continuada por otros medios, el ciudadano deja de deliberar y se limita a escoger bando. 

Quién renuncia a proponer para administrar el antagonismo terminará como el PSD, en quinto lugar, viendo cómo otros se reparten el electorado que no supo convocar y representar. 

La tradición llamó a la política amistad cívica, pero la amistad no se hereda: 

Se construye y se procura.

Juan Pablo Saavedra
Licenciado en Derecho por la Universidad Pontificia de México, institución donde cursó también estudios en Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Cursó la Maestría en Periodismo Político en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Cuenta con diplomados y certificaciones del INE México, el Poder Judicial Federal, la Escuela de Liderazgo Político de la Konrad Adenauer Stiftung (CDU, Alemania) en Economía Social de Mercado, y en Gobernanza Democrática, por la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana (UP), también por el Centro de Análisis y Entrenamiento Político de Colombia (CESOP) en Manejo de Crisis. Actualmente se desempeña como Coordinador del Área Social, Medio Ambiente y Energía de la Fundación Rafael Preciado Hernández, A.C., donde ha publicado múltiples análisis de política pública.