¿Les creemos a las encuestas?
Hoy en día, en el corazón de la contienda por la Presidencia, se encuentran las encuestas.
Herramientas para la investigación de los electorados, para el diseño de las estrategias, de los mensajes, y para medir los resultados de su trabajo, también son utilizadas para impulsar sus narrativas en la arena pública para así estimular, inducir o inhibir a los votantes, además de conseguir recursos por debajo de la mesa.
Las encuestas en campañas las contratan los equipos de quienes aspiran a un cargo, políticos a manera individual, empresarios para ver dónde colocar su dinero y medios de comunicación porque les gana impacto y audiencias, trascendencia, influencia y, finalmente, poder.
Las encuestas tienen dos niveles:
- Uno es el que se realiza con fines estratégicos y se mantienen reservadas, fundamental para la toma de decisiones. En el primer caso, las encuestas son químicamente puras, en el sentido de la aplicación de las metodologías de las casas demoscópicas.
- El otro es cuando se contrata con fines de difusión pública. En el segundo, la pureza puede tener sus asegunes. Por ejemplo, que es un caso real mexicano, cuando para definir una candidatura el partido entregó la muestra a quienes harían el ejercicio sobre dónde quería que encuestaran, manipulando a priori el resultado de la medición.
Esta perversión es parte del fenómeno de destrucción del instrumento que hemos visto en los últimos años, ante la insana decisión de los partidos de jugar con las mediciones en la opinión pública.
En una de las últimas elecciones por una gubernatura, el partido que ganó contrató todas las encuestas que pudo –acreditadas, desacreditadas y de ocasión– para construir la idea de que la victoria de su candidatura era irreversible y, de esa manera, inhibir el voto.
Lo que hicieron fue realizar convenios de publicidad con medios y, en lugar de propaganda abierta o disfrazada como gacetillas, les pedían que publicaran las encuestas donde su candidatura arrasaba.


