Campeones en desaparición

Juan Pablo Saavedra DETONA® Hay países que se miden por lo que saben contar, y México, aprendió a contabilizar con prodigiosa exactitud los goles del partido inaugural, el costo de los boletos vendidos, los millones de aficionados y hasta los litros de pintura con que se maquillaron las avenidas para recibir al mundial 

Por Juan Pablo Saavedra
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Calderón DETONA® aquí.
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Y, demostró frente al Estadio que su aritmética se vuelve súbitamente torpe, casi analfabeta, cuando la cifra que debe pronunciar no es la del espectáculo sino la de sus desaparecidos. 

Más de ciento treinta y tres mil nombres que prefiere no recordar.

Mientras adentro se encendían las luces de la fiesta y el balón —como reza la vieja consigna inglesa— "volvía a casa".

Afuera, detrás de una valla de granaderos y de un cinturón de empleados públicos convertidos en escudo humano, las madres buscadoras preguntaban lo único que importa.

¿y nuestros hijos cuándo vuelven? 

La escena, brutal en su sencillez, condensó la paradoja de un gobierno que juró, con la solemnidad de quien promete no repetir el horror, que no habría una desaparición más, pero que hoy, administra una crisis que suma miles de registros nuevos.

Pero la verdadera obscenidad no estaba en la valla, sino en la respuesta. 

Porque el mismo Estado incapaz de contar a sus muertos, que extravía expedientes y colapsa servicios forenses, descubrió de pronto una vocación contable insospechada para averiguar quién pagó un viejo camión que trajo a las madres de Jalisco. 

La Secretaría de Gobernación, que debería rastrear fosas clandestinas, anunció que rastreará facturas, el poder que no sabe dónde están los hijos exige saber de dónde salieron los pesos. 

Una buscadora lo respondió con la elocuencia que sólo da el dolor: 

investiguen dónde están nuestros hijos, no cómo juntamos nuestros pesitos.

Y entonces ocurrió el contraste que ninguna oficina de comunicación social podría montar. 

En Monterrey, frente al estadio, fueron aficionados suecos —gente venida del otro extremo del planeta, ajena a nuestra tragedia, sin deuda alguna con estas familias— quienes se detuvieron, miraron las lonas, leyeron los nombres y abrazaron a las madres. 

La empatía cruzó un océano para hacer lo que el poder, a tres metros de distancia y parapetado tras su escudo antimotines y sus macanas, se negó a hacer. 

Cuando la ternura llega de tan lejos y la indiferencia se incuba tan cerca, algo se ha quebrado en lo más íntimo del alma de la República.

Hay, además, una ironía que el régimen finge no advertir, el aparato que investiga el origen de un pasaje de autobús, es el mismo cuyos cuadros más altos —gobernadores en funciones, secretarios y mandos enteros— están siendo imputados y perseguidos no por la justicia mexicana, que mira hacia otro lado, sino por la de los Estados Unidos. 

El Estado que audita a las víctimas no resiste la auditoría de sus propios cómplices, quien no quiso contar a los desaparecidos hoy es justamente contado, uno por uno, en un expediente extranjero.

La conclusión es ineludible.

El poder no existe para celebrar espectáculos ni para perseguir a los agraviados, sino para servir a la persona humana encarnada en su pueblo, cuya dignidad no se mide en goles, tampoco en acarreados. 

Un Estado que pierde la cuenta de sus hijos muertos y sólo la recupera para vigilar a sus desesperadas madres, ha extraviado, antes que la aritmética, su razón de ser.

La patria generosa no se edifica sobre fosas, sino sobre el rostro irrepetible de cada ausente. 

Hasta encontrarles.

Juan Pablo Saavedra
Licenciado en Derecho por la Universidad Pontificia de México, institución donde cursó también estudios en Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Cursó la Maestría en Periodismo Político en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Cuenta con diplomados y certificaciones del INE México, el Poder Judicial Federal, la Escuela de Liderazgo Político de la Konrad Adenauer Stiftung (CDU, Alemania) en Economía Social de Mercado, y en Gobernanza Democrática, por la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana (UP), también por el Centro de Análisis y Entrenamiento Político de Colombia (CESOP) en Manejo de Crisis. Actualmente se desempeña como Coordinador del Área Social, Medio Ambiente y Energía de la Fundación Rafael Preciado Hernández, A.C., donde ha publicado múltiples análisis de política pública.