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No, no están “de acuerdo”: las mujeres iraníes están hartas (y yo lo viví en Suecia)

Dalia Johansson DETONA® Durante años nos repitieron la misma frase, envuelta en diplomacia y falsa tolerancia: “Las mujeres musulmanas están de acuerdo en usar el hiyab.”

Por Dalia Johansson
Dalia Lozano
Foto tomada de la red.
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Lo decían académicos, políticos y opinadores profesionales desde oficinas cómodas, lejos de cualquier riesgo real. 

Lo decían como quien cierra una conversación incómoda. 

Como quien decide no mirar más.

Pero las protestas de las mujeres en Irán dejaron algo claro: no están de acuerdo, están hartas.

Y no lo sé solo por las calles de Teherán o por los videos censurados que logran escapar al mundo. 

Lo sé porque viví en Suecia y conocí a muchas mujeres musulmanas que me contaron otra historia —una muy distinta a la que nos vendieron.

El consentimiento que se aprende a repetir

En Suecia conocí mujeres musulmanas que repetían, casi de memoria, que el hiyab era su elección. 

No lo decían con convicción, sino como quien recita algo aprendido. 

“Así debe ser”, “es nuestra cultura”, “es respeto”

Era evidente que muchas de ellas habían interiorizado el discurso que se les enseñó desde niñas.

Pero también conocí a otras. 

Mujeres que, en voz baja, confesaban que no estaban de acuerdo, que nunca lo estuvieron. 

Que usaban el velo porque sus esposos las obligaban. 

Porque sus padres las vigilaban. 

Porque el castigo no siempre era un golpe: a veces era el aislamiento, la amenaza, la humillación.

Lo más brutal es que esto ocurría en uno de los países más libres del mundo.

Ni siquiera en libertad eran libres

A pesar de vivir en Suecia, muchas de estas mujeres no podían quitarse el velo. No porque el Estado las obligara, sino porque el control viaja con ellas. Porque la opresión no siempre necesita leyes cuando ya vive dentro de la familia.

Algunas de ellas tomaron decisiones extremas: huyeron. Cambiaron de ciudad. Se escondieron de padres y esposos. Desaparecieron voluntariamente para poder existir.

Suecia —a diferencia de muchos países— entiende esto como lo que es: violencia. Por eso les otorga identidad protegida, las reubica en pueblos o ciudades donde no puedan ser encontradas, les cambia documentos, direcciones, historias. No para romper familias, sino para salvar vidas.

¿De verdad alguien cree que eso lo hace una mujer que está “de acuerdo”?

El hiyab obligatorio nunca fue una elección

En Irán, el velo no es una opción espiritual. 

Es una herramienta política. 

Está respaldado por la policía de la moral, por arrestos, por cárceles, por muerte. 

Mahsa Jina Amini murió por eso. 

No por una tela, sino por un sistema que decidió que el cuerpo femenino es propiedad del Estado.

Las protestas que siguieron no fueron un accidente ni una moda. Fueron el hartazgo acumulado de generaciones. 

Mujeres quemando velos, cortándose el cabello, gritando “Mujer, Vida, Libertad” frente a armas y tribunales.

Eso no es rebeldía juvenil.

Eso es desesperación lúcida.

El mito cómodo de “es su cultura”

Decir que las mujeres están de acuerdo es una narrativa cómoda. 

Sirve para no incomodar a gobiernos autoritarios. 

Sirve para no intervenir. 

Sirve para que Occidente se lave las manos diciendo “no es opresión, es cultura”.

Pero la cultura no necesita policías.

La fe no necesita castigos.

Y el consentimiento no se impone con miedo.

No piden ser salvadas, piden que dejemos de mentir

Las mujeres iraníes no están pidiendo que nadie las rescate. 

Están pidiendo algo mucho más básico: que dejemos de fingir que no pasa nada

Que dejemos de repetir que están de acuerdo cuando arriesgan la vida por demostrar lo contrario.

Yo las escuché en Suecia.

Hoy las escuchamos en Irán.

No están tranquilas.

No están conformes.

No están calladas.

Están hartas.

Y esta vez, el mundo ya no puede decir que no sabía.
Dalia Johansson
Periodista por vocación y rebeldía; diseñadora de cursos por elección, convencida de que la educación transforma realidades. Mujer de carácter forjada por la vida, viajera del mundo y apasionada de las culturas, escribe para incomodar, cuestionar y provocar reflexión.