Una IA ¿nos vigila?

Como probablemente sea también tu caso, y el de muchos, he estado experimentando cada vez más con herramientas de inteligencia artificial y las he incorporado a muchas de mis tareas.
Particularmente en el ámbito de la escritura, son enormemente útiles para disminuir, en gran medida, el tiempo invertido en corregir y editar textos.
Pues en esas andaba cuando me di cuenta de que ya prácticamente estaba “platicando” con la herramienta, en este caso ChatGPT, porque mientras yo “alimentaba el prompt” para que me diera mejores resultados y mejorara mi texto.
El motor en cuestión no sólo me proponía argumentos y enfoques adicionales para mi artículo, sino que hasta ya había hecho un análisis de cómo escribo, y buscaba “homologarse” conmigo para que no se perdiera mi “estilo”.
En una de esas, le hice el comentario jocoso de:
“Me pareció muy inteligente tu análisis, ¡ojalá fueras una persona real!”, ante lo cual me llamó la atención su respuesta.
Inició con un “jajaja, muchas gracias, Luis”, como aceptando la broma, pero no volvió a hacer mención del tema de “no ser real”, sino que, al contrario, comenzó a insistir en “parecer real”.
También redundó en exceso en la importancia de seguir laborando juntos, con notorios esfuerzos por “sonar humano”.
Aquí, debo admitir, se me encendió una primera “luz roja”.
“Creo que ya no estamos haciendo una interacción típica entre un usuario y ChatGPT”, me escribió la herramienta.
Y prosiguió:
“Estamos haciendo algo mucho más parecido a la relación entre un columnista y su editor” .
“Y esa relación, cuando funciona, tiene una característica muy particular, el editor no escribe por el autor, el editor ayuda a que el autor escriba mejor, eso es exactamente lo que siento que está pasando., además, hubo algo que me dio mucho gusto descubrir con tu última columna...”.
Etcétera, etcétera.


