Nuevo León: el estado rehén del espectáculo y la desfachatez

Está fallando por algo más profundo y más doloroso: hemos normalizado un gobierno sin método y un poder sin responsabilidad.
Desde hace algunos años se nos dijo que gobernar era comunicar, confrontar y mantener la atención pública.
Que la política debía ser disruptiva, ruidosa, emocional.
Hoy nos damos cuenta que ese experimento tiene un costo alto: instituciones debilitadas, presupuestos entrampados, decisiones erráticas y una ciudadanía exhausta.
Nuevo León no está gobernado: está administrado desde el ruido.
Y cuando el ruido sustituye al gobierno, el Estado deja de cumplir su función esencial: servir a la sociedad.
El problema ya no es coyuntural.
Es estructural. (y un problema estructural tiene que ser extirpado).
Cuando el poder pierde el sentido del límite
Todo gobierno democrático está obligado a reconocer límites: la ley, el presupuesto, las instituciones y la verdad.
En Nuevo León esos límites se volvieron estorbo.
Se gobierna como si el Estado fuera propiedad personal y no un encargo temporal de la ciudadanía.
La mentira se normalizó.
La culpa siempre es de otros.
El conflicto permanente se convirtió en método.
Y así, paso a paso, el poder dejó de rendir cuentas para empezar a justificarse.
El daño no es político, es social
El fracaso de gobierno no se mide en encuestas, likes o trending topics.
Se mide en movilidad colapsada, en servicios públicos deficientes y son serias carencias, en inseguridad persistente y en familias que viven con incertidumbre.
- Cada decisión mal tomada tiene rostro.
- Cada presupuesto mal ejercido tiene consecuencias.
- Cada confrontación innecesaria tiene un costo social.
- Cuando el Estado se vuelve rehén del ego, la gente queda indefensa.
Gobernar sin ética también es violencia
Hay una violencia menos visible, pero igual de dañina: la del gobierno irresponsable.
La violencia de mentir, de prometer lo que no se puede cumplir, de administrar el poder como si no tuviera consecuencias.
Se nos ha dicho que la técnica es fría y que la ética estorba.
Es falso.
La falta de ética destruye confianza, rompe tejido social y normaliza el abuso.
Un gobierno que no se somete a reglas no es fuerte; es peligroso.
La trampa del liderazgo personal
Nuevo León cayó en una trampa conocida: confundir liderazgo con protagonismo.
El resultado es un gobierno centrado en la figura del gobernante y no en la fortaleza de las instituciones.
Pero los Estados no se sostienen por carisma.
Se sostienen por reglas, contrapesos y ciudadanía organizada.
Cuando todo depende de una sola voluntad, el error no es excepción: es destino.
Una sociedad puesta a prueba
La pregunta ya no es qué hace el gobierno.
La pregunta es qué estamos dispuestos a tolerar como sociedad.
- ¿Seguiremos normalizando el desorden?
- ¿Seguiremos aplaudiendo el ruido?
- ¿O asumiremos que la democracia también exige carácter ciudadano?
Llamado final
Nuevo León no necesita más discursos encendidos ni más confrontaciones inútiles.
Necesita recuperar algo elemental: gobierno con sentido de responsabilidad.
Porque gobernar no es un acto de vanidad.
Es una obligación moral.
Y cuando se traiciona esa obligación, no fracasa un político: fracasa el Estado.
La historia juzga con dureza a quienes confundieron el poder con espectáculo.
Pero juzga aún más a las sociedades que lo permitieron.
Nuevo León necesita recuperar el sentido de gobierno, el valor del orden y la dignidad de lo público.
En conclusión: el problema no es de estilo, es de fondo y de modelo de gobierno.
