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En los antiguos galeones españoles, el carajo era la pequeña plataforma situada en lo más alto del mástil, donde el vigía soportaba viento, frío y el balanceo del barco mientras observaba el horizonte.
Cuando un marinero molestaba o era castigado, podían mandarlo precisamente allí: “¡Vete al carajo!”. Con los siglos, la frase abandonó los barcos y navegó hasta el habla popular.
En el Caribe adquirió todavía más fuerza: en Cuba, el sabroso “vete pal carajo” terminó convirtiéndose en una expresión contundente, casi una institución lingüística.



