Planeación estratégica: Gobernar el presente sin hipotecar el futuro

En la entrega anterior hablamos del manejo de crisis y de la capacidad que debe tener un gobernante para responder cuando aparecen la incertidumbre, la presión y lo inesperado.
Hoy corresponde analizar la otra cara de esa responsabilidad. Anticiparse.
Porque gobernar no consiste únicamente en reaccionar correctamente cuando aparece un problema.
También significa tener la capacidad de identificarlo antes de que ocurra, entender hacia dónde se dirige una sociedad y tomar decisiones oportunas para prepararla frente a los desafíos que vendrán.
Eso es planeación estratégica.
Y quizá sea una de las competencias menos visibles para los ciudadanos, porque sus mejores resultados no siempre producen fotografías, inauguraciones o aplausos inmediatos.
Muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
Planear significa tomar hoy decisiones cuyos beneficios quizá serán visibles dentro de cinco, diez o veinte años.
Ahí comienza una de las grandes dificultades del gobierno.
Los periodos gubernamentales tienen fecha de inicio y de conclusión.
Los problemas de una sociedad no.
La movilidad no comienza ni termina con una administración.
Tampoco el abastecimiento de agua, la seguridad, la educación, la infraestructura, el desarrollo urbano, la energía, el medio ambiente o la competitividad económica.
Son desafíos que atraviesan gobiernos, partidos y generaciones.
Por eso gobernar con visión estratégica exige algo que políticamente no siempre resulta sencillo: pensar más allá del siguiente proceso electoral.
Un gobernante puede sentirse tentado a concentrar sus esfuerzos en aquello que produce resultados rápidos y visibles.
Es comprensible.
La sociedad exige respuestas y los gobiernos necesitan demostrar avances.
El problema aparece cuando toda una administración comienza a trabajar exclusivamente para el corto plazo.
Entonces las prioridades pueden sustituirse por ocurrencias, los proyectos por anuncios y la planeación por decisiones diseñadas únicamente para generar una percepción inmediata.
Gobernar estratégicamente significa resistir esa tentación.
Significa preguntarse no solamente qué necesita Nuevo León hoy, sino qué necesitará dentro de diez, veinte o treinta años.
- ¿Cómo crecerá su población?
- ¿Cuánta agua necesitaremos?
- ¿Cómo se moverán millones de personas diariamente?
- ¿Qué infraestructura requerirá la industria?
- ¿Qué habilidades deberán desarrollar nuestros jóvenes?
- ¿Y qué decisiones debemos comenzar a tomar desde ahora?
Ésos también son cuestionamientos de gobierno.
Consideremos que el futuro no aparece de repente.
Se va construyendo a partir de las decisiones que tomamos (o dejamos de tomar) en el presente.
Nuevo León ofrece quizá uno de los mejores ejemplos de por qué esta competencia resulta indispensable.
Somos un estado que crece, que atrae población, empresas, inversiones y talento.
Eso representa una enorme fortaleza.
Pero cada nueva inversión, cada desarrollo inmobiliario, cada empleo y cada persona que llega también genera nuevas necesidades de vivienda, agua, energía, movilidad, seguridad, escuelas, hospitales e infraestructura.
El crecimiento sin planeación puede terminar convirtiendo el éxito económico en deterioro de la calidad de vida.
Por eso no basta con crecer. Hay que saber hacia dónde queremos crecer.
Y para hacerlo se necesita una visión.
Pero también conviene aclarar algo.
Tener visión no significa simplemente imaginar un futuro deseable.
Eso puede hacerlo cualquiera.
La planeación estratégica comienza cuando esa visión se convierte en objetivos, prioridades, responsables, presupuestos, indicadores y resultados medibles.
De lo contrario, solamente estaremos hablando de buenos deseos.
Un gobernante con visión estratégica debe ser capaz de responder preguntas muy concretas:
- ¿Dónde estamos?
- ¿A dónde queremos llegar?
- ¿Qué recursos tenemos?
- ¿Qué debemos hacer primero?
- ¿Cómo vamos a medir los avances?
- ¿Y qué tendremos que corregir si los resultados no son los esperados?
Porque planear también significa priorizar. Ningún gobierno dispone de recursos ilimitados. Ni de dinero, ni de tiempo, ni de capacidad institucional.
Una estrategia seria obliga entonces a decidir qué problemas deben atenderse primero, cuáles pueden esperar y qué decisiones pueden producir el mayor impacto para la sociedad.
Pretender hacerlo todo simultáneamente suele terminar en algo mucho más sencillo: No hacer suficientemente bien nada.
Aquí reaparece la importancia de otra competencia que analizamos anteriormente: decidir.
Porque la planeación sin decisiones puede terminar convertida en un documento.
Y las decisiones sin planeación pueden terminar convertidas en improvisación.
Un buen gobierno necesita ambas.
Pero existe otro desafío todavía mayor.
Los proyectos estratégicos de un estado rara vez caben dentro de un solo periodo gubernamental.
Una gran obra de infraestructura, una transformación educativa, una política de movilidad, una estrategia hídrica o la modernización de una ciudad pueden necesitar muchos años para producir resultados.
Eso obliga a entender el gobierno desde una perspectiva distinta.
No todo debe comenzar de cero cada seis años.
Un gobernante responsable debe tener la madurez suficiente para continuar aquello que funciona, corregir lo que puede mejorarse y cancelar solamente aquello que verdaderamente ha demostrado que no sirve.
La continuidad no significa renunciar a una visión propia.
Significa reconocer que el Estado es más importante que cualquier administración.
Cada gobierno debería recibir instituciones, proyectos y capacidades construidas por quienes estuvieron antes, mejorarlas durante su gestión y entregarlas en mejores condiciones a quienes vendrán después.
Eso también es gobernar.
Y quizá ahí encontremos una de las mayores diferencias entre pensar solamente como político y comenzar a pensar como estadista.
El político puede preguntarse qué resultados podrá mostrar durante su administración.
El estadista también se pregunta qué consecuencias tendrán sus decisiones cuando él ya no esté en el cargo.
La planeación estratégica exige precisamente esa capacidad. Mirar más lejos.
Existe además una dimensión que muchas veces olvidamos.
Planear no significa adivinar el futuro.
Nadie puede hacerlo.
Significa prepararse para distintos futuros posibles.
La economía cambia, la tecnología transforma industrias, las ciudades crecen, los patrones de consumo evolucionan, aparecen nuevas amenazas y surgen oportunidades que pocos años antes parecían imposibles.
Por eso una buena estrategia no puede ser rígida.
Debe tener rumbo, pero también capacidad de adaptación.
Un gobierno que cambia permanentemente de dirección termina perdido.
Pero uno que se niega a modificar su estrategia cuando cambia la realidad puede terminar igualmente equivocado.

