Los populistas. La historia no miente

Uno de los grandes temas en esta vida es lo que se debe aprender de la historia.
Y es que aunque hay escenas y tendencias que se han visto en el pasado, no es extraño que errores se vuelvan a repetir.
No aprendemos de las experiencias previas, a pesar de saber que se han confirmado enormes casos de abusos y fallas estructurales.
La memoria es muy flaca y parece que la humanidad está dispuesta a volver a caer en el mismo hoyo sin entender todo lo malo que puede suceder otra vez.
La reflexión viene al caso porque en nuestro país tristemente se está repitiendo una escena de deterioro absoluto como resultado de un guión muy gastado e insostenible al cual se acogen los gobiernos populistas.
No hay nada nuevo bajo el sol.
Todo es una repetición vulgar de la misma receta y se abusa de la buena fe de la gente que cae presa de una narrativa hueca que sin embargo impacta la toma de decisiones y la afinidad a cierta propuesta electoral.
Los gobiernos fascistas de los años 30 del siglo pasado en Italia y Alemania son de las expresiones más claras de cómo líderes carismáticos pueden llevar a sociedades aparentemente sólidas hacia extremos de actuación que amenazaron no solamente la estabilidad de dichas naciones, sino que extendieron la crisis a muchos otros países de la región, y en un extremo muy complicado, a una conflagración mundial de un gran desgaste humano.
A pesar de la evidencia flagrante de qué tan mala puede resultar una receta populista para cualquier país, el modelo se ha seguido reproduciendo en varias latitudes con temas comunes de consecuencias nefastas.
Es igualmente reconocible la secuencia de que no hay beneficio o resultado tangible alguno.
Pero sí vemos varios patrones que deben reconocerse para entender los alcances de este tipo de gobiernos, para definir su origen, existencia, y sobre todo su vida efímera.
Arribo democrático:
Estos gobiernos suelen llegar al poder por la vía del voto popular.
Es decir, no son resultado de un golpe de estado abrupto.
Pero una vez que se instalan en el poder, deciden que no van a permitir que nada ni nadie los reemplace, lo que revela un evidente sesgo antidemocrático.
Su fin es minar las instituciones que los llevaron al poder para impedir que alguien más lo logre.
La contradicción de términos es evidente y los devela como lo que son: gobiernos de extremo y sin vocación de competir en igualdad de circunstancias.
Creen cumplir con un fin divino.
Creación de enemigos:
Para lograr su propósito de presentarse como salvadores de la nación y del pueblo, se dedican a polarizar a todos creando grupos en el país a quienes ellos definen como enemigos.
A esos sectores que se crean ideológicamente como nocivos, se les achacan todos los males y se convierten en los hechos en la excusa para no dar resultados y no responsabilizarse de absolutamente nada de lo malo que suceda.
Eliminación de contrapesos:
Siguiendo la misma tónica de absolutismo, se dedican a minar todos los elementos que sean límites al poder.
No les interesa reconocer límites legales ni obstáculos para sus decisiones.
Parte de su plan radica en eliminar todos los instrumentos diseñados para fijar áreas en las que no se puede ejercer el poder.
Esto pasa por violentar la misma Constitución y destruirla de ser necesario.
Por el poder, todo.
No hay límites en sus mentes.
Devastación de instituciones:
Para lograr lo anterior, la agenda implica la erradicación de la arquitectura que sustenta a organismos cuya misión es ser diques a posibles excesos y arbitrariedades.
En los hechos, se devastan las estructuras que tomaron años o décadas generar y que resulta indispensable desaparecer para que no haya quien señale que determinados actos son ilegales.
La única voluntad que según ellos cuenta es la que se ejerce desde la estructura del poder populista.
No hay pluralidad.
Vínculos con delincuencia organizada:
A efecto de tener mayor eficacia en tiempos electorales, los gobiernos populistas se alinean con delincuentes que operan en favor de ellos para forzar votos de amplios sectores de la población.
El problema grave es que, a cambio de ese pacto, el gobierno se dedica a dejar que las organizaciones delincuenciales operen impunemente, lo que en los hechos implica dejar a la ciudadanía a su suerte ante severos problemas de secuestros, robos, derecho de piso, extorsión y otras formas de expoliación.
El Estado abdica a su principal obligación de dar seguridad a cambio de favorecer a quienes les aseguran votos a la mala.
Una locura.
Incapacidad de gobernar:
En los hechos estos gobiernos no dan resultados.
Su misión es concentrar poder, culpar a los grupos disidentes de todos los males del país, premiar a los incondicionales, no profesionalizar las decisiones o actos de gobierno, y jamás aceptar responsabilidad de errores o pifias.
Esto los lleva a ir navegando entre las distintas crisis que ellos generan, lo que en los hechos va creando una bola de nieve incontrolable.


