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En sus almohadillas existe una compleja red de arterias y pequeñas venas que funciona como un intercambiador de calor.
La sangre caliente que baja hacia las patas transfiere parte de su calor a la sangre fría que regresa al cuerpo, evitando así una pérdida excesiva de temperatura.
Además, las almohadillas contienen tejido graso que proporciona aislamiento adicional.
Este ingenioso mecanismo permite mantener protegidas las extremidades incluso en ambientes muy fríos.
Sistemas similares existen en pingüinos y delfines: una extraordinaria muestra de cómo la evolución resuelve problemas extremos.


