Anticipar la lluvia en tiempos de incertidumbre

La presencia o ausencia de precipitaciones condiciona el crecimiento de la vegetación y, en consecuencia, la producción de alimentos.
A lo largo de la historia de la Tierra, que supera los 4,500 millones de años, el clima ha variado de manera importante en todas las regiones.
Sin embargo, durante los últimos 10 mil años —el periodo en el que se desarrollaron las civilizaciones humanas— se mantuvo relativamente estable.
Esa estabilidad se ha alterado por el incremento de dióxido de carbono y otros gases en la atmósfera, resultado de las actividades humanas, lo que está provocando un calentamiento global y cambios en los patrones climáticos.
Las precipitaciones no solo responden a cambios de largo plazo, sino también a ciclos naturales.
En este contexto, el Día Mundial de la Meteorología es una oportunidad para reflexionar y, sobre todo, para fortalecer nuestra capacidad de anticipar estos fenómenos.
Hoy conversé con el ingeniero Doroteo Treviño, meteorólogo de amplia experiencia de Agua y Drenaje de Monterrey, sobre la sequía que afecta a diversos municipios del estado y las perspectivas para este año.
Con información histórica de estaciones pluviales —que en Monterrey se remonta hasta 1886—, que él mismo me compartió, exploré una forma de estimar la precipitación anual.
El modelo que resultó más útil incorpora dos variables: el promedio anual de precipitación de los cinco años previos y la desviación estándar de los promedios anuales de esos mismos cinco años, es decir, la variabilidad reciente de la lluvia.
La ecuación resultante es la siguiente:
Precipitación esperada = 90.06 + 1.6 × (promedio anual de precipitación de los últimos cinco años) − 0.6349 × (desviación estándar de los promedios anuales de precipitación de los últimos cinco años)
Usando este modelo, para 2026 se estimaría una precipitación de 700.48 milímetros.
En un clima cada vez más cambiante, la capacidad de anticipar será tan importante como la de adaptarnos.
El coeficiente de determinación del modelo es de 53 %, y la regresión múltiple es estadísticamente significativa.
Esto indica que, aunque no captura toda la complejidad del sistema climático, sí logra explicar una parte relevante de su comportamiento y aporta información útil para la toma de decisiones.
Más allá del número, el modelo deja una lectura clara: no solo importa cuánto ha llovido, sino qué tan variable ha sido la lluvia en los últimos años.
A mayor variabilidad, menor certidumbre y, en muchos casos, mayor riesgo de sequía.
Esa creciente inestabilidad es una de las señales más evidentes del cambio climático.
Contar con herramientas como esta no sustituye a los modelos meteorológicos avanzados, pero sí fortalece la toma de decisiones a nivel local.
En Nuevo León, donde el agua define nuestro presente y nuestro futuro, anticipar escenarios no es solo una tarea técnica: es una responsabilidad pública.
Porque gobernar hoy exige algo más que reaccionar: exige anticipar.
Y en un contexto de cambio climático, quienes logren prever mejor los riesgos serán también quienes mejor puedan proteger a su población y garantizar su desarrollo.


