Febrero loco y marzo otro poco: ojalá que no tanto como el año pasado

Cada vez que Monterrey entra en la recta final del invierno, regresa la misma inquietud:
¿volveremos a vivir semanas de incendios, tolvaneras y mala calidad del aire como en 2025, o este año será diferente?
La pregunta no es exagerada.
Es una reacción natural después de haber atravesado uno de los periodos más complicados en materia ambiental de los últimos años, cuando en cuestión de días se combinaron viento y sequedad para poner a prueba la capacidad de respuesta de toda la ciudad.
El cierre del invierno y el inicio de la primavera de 2025 quedaron grabados en la memoria colectiva como un periodo especialmente difícil. Incendios simultáneos, contingencias ambientales y una sensación permanente de fragilidad marcaron aquellas semanas.
No se trató de eventos aislados, sino del resultado de una combinación peligrosa: sequedad, calor temprano, combustibles disponibles y vientos intensos.
Los problemas comenzaron a hacerse visibles desde febrero.
El 25 de ese mes, Protección Civil de Nuevo León reportó cerca de cien incendios en un solo día en el área metropolitana.
Aquello fue una primera señal clara de que las condiciones ambientales ya eran propicias para la ignición y la rápida propagación del fuego.
Marzo fue el verdadero punto de quiebre.
El 4 de marzo de 2025 se activó una contingencia ambiental por partículas PM10, derivada del arrastre de polvo desde Texas y Coahuila, fenómeno conocido como tolvanera regional.
Un día después, el 5 de marzo, se reportaron más de 220 incendios activos en Nuevo León.
Fue una jornada crítica: el viento aceleró la propagación y multiplicó los riesgos para la población.
Frente a ese antecedente, la pregunta inevitable es qué podemos esperar para 2026.
La mejor información climática proviene del Centro de Predicción Climática de la NOAA y del Instituto Internacional de Investigación sobre Clima y Sociedad de la Universidad de Columbia.
Ambas instituciones coinciden en que el océano Pacífico ecuatorial transitará de condiciones de La Niña hacia un estado ENSO-neutral, con probabilidades superiores al 60 % para el periodo enero–marzo.
En términos prácticos, no se espera una señal climática fuerte que favorezca lluvias invernales o recuperación temprana de la humedad.
Febrero y marzo seguirán siendo meses predominantemente secos, dominados por frentes fríos y rachas de viento.
En otras palabras, el “tablero” climático de 2026 se parece mucho al de 2025.
Marzo vuelve a perfilarse como el mes más delicado: mayor radiación solar, vegetación seca acumulada, baja humedad y frentes fríos tardíos.
La evidencia científica no permite anticipar un marzo más extremo que el de 2025, pero tampoco sugiere un escenario significativamente más favorable.
La condición neutral no elimina los riesgos.
En 2026, la estrategia no puede descansar en la esperanza, sino en la preparación responsable.
Porque el mensaje que deja la ciencia es claro: el riesgo estructural sigue ahí.

