Reciclaje inclusivo en México. De la prohibición a la motivación

Hay momentos en los que un proyecto técnico termina convirtiéndose en una experiencia humana que obliga a decidir si se interviene o no para cambiar una realidad.
Para mí, ese momento llegó en 2008, cuando el International Finance Corporation (IFC), brazo financiero del Banco Mundial, estableció como condición para financiar la construcción de PETSTAR -la mayor planta de reciclaje de PET grado alimenticio del mundo- conocer a fondo la cadena de suministro de dicho material.
El IFC no pedía solo números. Quería entender quiénes estaban detrás de cada botella de PET recuperada. El requisito era claro:
Visitar, uno por uno, los sitios de recolección ubicados en distintos estados de México, documentar su operación y describir a los grupos de pepenadores que recolectaban las botellas que alimentaban esa cadena.
Desde la Fundación Mundo Sustentable A.C., con el apoyo de la UANL, elaboramos ese diagnóstico y formulamos recomendaciones para mejorar las condiciones de vida de los pepenadores.
Una exigencia central del IFC era que no hubiera niñas ni niños trabajando.
Fue entonces cuando entré al mundo real de los basureros, los rellenos sanitarios y la pepena.
Había muchas cosas que corregir.
En ese punto solo había dos opciones: voltear para otro lado o intentar cambiar esa realidad.
Decidí la segunda.
Quedó claro que el reciclaje no depende solo de tecnología, infraestructura o inversión.
Depende, sobre todo, de personas invisibilizadas y estigmatizadas que sostienen el sistema todos los días.


