
En otros tiempos, por ejemplo en la primera mitad del Siglo XIX, los pueblos del norte de México se iluminaban a base de lámparas de aceite o simplemente con velas, de modo que la obscuridad era algo muy presente en las casas de Monterrey, Saltillo y Ciudad Victoria, por mencionar algunos pueblos.
Y como el descanso y el ocio eran habituales a altas horas de la noche, en medio de la obscuridad se imaginaban y se compartían historias de asesinatos, fantasmas y aparecidos.
Eso era lo normal y era muy apreciado.
Las historias de fantasmas cundían y los pobladores las compartían con gusto.
Hoy, la obscuridad suele ser evitada y las narraciones nos son contadas por las pantallas, de modo que es difícil reencontrarse con aquella vieja tradición, excepto cuando surge un apagón y reaparece, aunque sea por unas horas, la posibilidad de conversar…



