Materia prima

Y que las fuerzas de seguridad ucranianas facilitan deliberadamente el crecimiento del narcotráfico desde Latinoamérica hacia Europa para obtener ingresos y reclutar mercenarios.
Por otra parte, la Embajada de Ucrania en México respondió con un comunicado propio:
- Campaña de desinformación
- Vínculos absurdos y sin fundamento alguno.
- Cortina de humo.
Y devolvió el golpe señalando lo inverso; redes rusas que proveerían armamento de alto poder a organizaciones criminales mexicanas.
Detengámonos en lo que acaba de ocurrir.
Con independencia de la veracidad de ambas posturas o no, dos naciones en guerra han intercambiado acusaciones usando el nombre de nuestro país como munición.
- Ninguna de las dos pidió permiso.
- Ninguna de los dos habló con México, pero sí hablaron sobre México, del modo en que se habla de un terreno, pero no con un interlocutor.
Y ese matiz gramatical —sujeto o predicado, actor o escenario— es exactamente la definición operativa de la soberanía mexicana en el siglo XXI.
Los indicios materiales no ayudan, sí existen armas de alto poder extranjeras en enfrentamientos delictivos, sin embargo, que Moscú arme a los cárteles por decisión de Estado, se advierte poco probable.
Aquí lo delicado del asunto es peor.
Señala que México se ha vuelto zona gris, de un probable espacio donde otras potencias operan por interpósita mano, porque hay una autoridad local demasiado débil para exigir cuentas y demasiado orgullosa para admitirlo.
Pero si esto es verdad, en cualquiera de los dos supuestos, entonces la lectura indica que no nos usan porque nos odien, nos usan porque les salimos barato.
Que Moscú y Kiev usen nuestro nombre como munición retórica, revela hasta qué punto la violencia mexicana dejó de ser un asunto interno para ser materia prima de la geopolítica ajena.
O se es soberano, o se es tema de conversación de los demás.
Y aquí la fórmula oficial mexicana —la soberanía no se vende, se ama y se defiende— merece ser suscrita palabra por palabra, y precisamente por eso merece ser exigida.
No podemos olvidar que el Estado no es un fin en sí mismo, sino el instrumento al servicio de la persona y del bien común de una Nación, toda.
La autoridad se legitima no solo por su origen, sino por su capacidad de procurar justicia interior y exterior.
Un Estado que no protege la vida de los suyos o que no defiende su soberanía, dejándola en entredicho, la ha extraviado mucho antes, quedándole solo el vocabulario.
Recuperarla no se logra con conferencias, sino con instituciones de justicia irreprochables, policías profesionales e inteligencia interior y exterior.


