Se está quedando sola

Por primera vez, la presidenta Claudia Sheinbaum mostró prudencia diplomática y no salió a la defensa apasionada de un gobierno aliado.
En su primera reacción sobre el resultado de la elección presidencial en Colombia, Sheinbaum dijo que esperaría hasta los resultados oficiales para felicitar al ganador.
La declaración tiene dos componentes nuevos.
- Uno es que no respaldó incondicionalmente al candidato oficialista, Iván Cepeda, y abrió la posibilidad de hablarle al ultraderechista Abelardo de la Espriella, si la ventaja que lleva se mantiene.
- Su cautela tiene también una segunda lectura, sus temores de que Estados Unidos intervenga en las elecciones mexicanas en 2027 y 2030.
El primero de junio, al celebrar los primeros dos años de haber ganado la elección, Sheinbaum dijo que estaba viendo que sectores de la ultraderecha estadounidense estaban utilizando a México para posicionarse rumbo a las elecciones intermedias en su país en noviembre, preguntando de inmediato si no, acaso, estaban pretendiendo influir en la elección intermedia del próximo año.
La presidenta considera que las demandas en público y privado que tiene para que procese a políticos de Morena por sus presuntos vínculos con el crimen organizado, tienen como único objetivo entrometerse en los asuntos internos mexicanos, sin entender que, como explicó un funcionario estadounidense, “Morena es un enemigo ideológico de Estados Unidos”.
Sheinbaum y su equipo en Palacio Nacional siguen pensando que todo lo que mueve a Trump y a su gobierno son las elecciones legislativas en noviembre.
La idea fue reforzada por Cepeda, el candidato colombiano, quien se lo comentó en pláticas que sostuvo con ella durante la campaña presidencial, tras lo cual la presidenta le envió como asesor extraordinario al español Pablo Iglesias, que es su consejero desde el año pasado, con gastos pagados por México.
Esa fue una intervención directa en los asuntos internos colombianos -algo que no ve-, como lo hizo el expresidente Andrés Manuel López Obrador en anteriores elecciones en Argentina, Perú y Estados Unidos.
La probable victoria de De la Espriella y la de Keiko Fujimori en Perú, suma al epílogo de la marea rosa, el nombre con el cual se definió la emergencia de gobiernos de izquierda en América Latina desde el arranque de este siglo, con las victorias de Hugo Chávez en Venezuela en 2002, y Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, y Néstor Kirchner en Argentina en 2003.
Tras ellos vinieron una cascada de líderes de izquierda en todo el subcontinente.
Más de 25 presidentes de izquierda tuvo América Latina en el primer cuarto del siglo, al frente de 17 países.
Desde diferentes posiciones de izquierda.
Llegaron al poder por el descontento con las reformas de libre mercado de los 90, que produjeron altos niveles de desigualdad y pobreza, crisis de partidos y rechazo a las élites políticas, y promovieron mayor gasto social y expandieron los programas contra la pobreza, que redujeron los niveles de desigualdad, promoviendo la expansión de los derechos sociales y la inclusión de sectores que históricamente habían estado marginados.
El éxito obtenido en el corto y mediano plazos se fue desvaneciendo por las políticas de polarización en los países más grandes, donde la legitimidad se construyó a partir de la división de la sociedad, donde floreció la corrupción y la concentración del poder en varios de ellos.
Como resultado del debilitamiento institucional y la gradual pérdida de libertades, que produjo la diáspora en varios países que fue importante en el giro del electorado en las urnas, como en Colombia y Perú, donde los márgenes que están impulsando la victoria de De la Espriella y Fujimori, llegaron con el voto en el extranjero.
El fenómeno que tiene en el umbral de la derrota a Cepeda tiene como antesala la polarización en la que se embarcó el presidente Petro, acompañada por acusaciones de haber recibido financiamiento del narcotráfico -por la vía de su hijo- y de escándalos de corrupción en su gobierno.
La polarización no comenzó con Petro, pero la profundizó, con su discurso binario entre el “cambio” y la clase política del pasado, confrontándose con medios de comunicación, la oposición, el empresariado y el Poder Judicial.

