
EN LA comida de los viernes del Perico, en el local de doña Pilar, surgió un tema interesante: el voto nulo.
Empezó el tema al revisar los posibles candidatos para la alcaldía de Monterrey, entre ellos: Adalberto Madero, alias Maderito, Patricio, alias Pato Zambrano, Mariana Rodríguez, la esposa del gobernador y Adrián de la Garza, más los que se acumulen en la semana.
Viendo el curricular de los aspirantes, algunos impresentables, la mayoría opinó que la que tiene menos “negativos” es la candidata fosfo-fosfo, porque no tiene ninguna experiencia en cargos anteriores, ni de gobierno, ni de elección popular.
Los demás aspirantes, están para llorar.
Algunos prefirieron abstenerse. Pero alguien opinó que, ante una caballada flaca, lo mejor sería acudir a las urnas, pero anular el voto.
Y empezó otra discusión...
SI NO estamos de acuerdo con ninguno de los candidatos, ¿qué vale la pena?
¿Abstenerse de votar? ¿votar por el menos malo? O, de plano, ir a las urnas, pero anular el voto.
¿Sirve esto de algo? Lo decimos porque nos insisten en campañas de difusión en las redes, que es importante que nadie deje de ir a las urnas el primer domingo de junio venidero.
Que se vote por quien sea, pero evitar la abstención.
Nos invitan también a tener un voto razonado, para garantizar que gane la mejor opción y que se mantenga un equilibrio entre los poderes ejecutivo y legislativo. Que no importa que crucemos nuestros votos.
Es decir, que votemos quizá por un partido para presidente, por otro para alcalde, por uno diferente para senador, y así, para diputados federales y locales...


