
Les platico que se acaba de morir mi entrañable amigo Fernando Sánchez Luengas y estoy llorando de tristeza.
Un hombre sin edad, porque a la que tenía le anteponía su jovialidad, su vitalidad, su energía, su alegría, su positivismo, su entusiasmo, su vehemencia, su visión.

Cuando la pila se me bajaba por algún motivo terrenal, buscaba sus mensajes de audio que me dejaba por montones en mi whatsapp.
Escucharlos revivía mi espíritu.
Nunca supe cómo le hacía para darse tiempo para todo.
Apenas le platicaba algún tema, ya estaba contestándome y dándole valor a las ideas que suelen perderse cuando no se entretejen en las valiosas redes de los amigos.
Y Fernando era mi amigo.
Era mi amigo de verdad.
Y hoy que ya no lo tengo, lo estoy extrañando como nadie se puede imaginar.

Si nos veíamos poco, la méndiga pandemia volvió más esporádicos nuestros encuentros.
Pero ahí estaba él para mí y yo para él.
La última vez que nos encontramos fue en la presentación del Ballet de Monterrey en el salón de Leyo Garza.
Salimos mi Gaby y yo disparados y cuando nos vio, detrás se dejó venir Fernando, dejando a la Chacha abandonada a su suerte, jejeje.
