Estas ruinas que votamos

Hay títulos que funcionan como metáforas involuntarias de una época.
Estas ruinas que ves, la novela de Jorge Ibargüengoitia, publicada en 1974, retrata con ironía una ciudad de provincia atrapada en sus propias pretensiones, donde la vida social, política e intelectual se mueve entre simulaciones, rivalidades y pequeños poderes.
Uno la lee y sonríe, pero también —si se mira con detenimiento— descubre algo más inquietante, no se trata solo de una sátira de su tiempo, sino de un espejo que sigue reflejándonos.
Hoy, ese espejo parece ampliado sobre la política mexicana.
Porque si algo define el momento actual es la sensación de que nuestros partidos políticos —aquellas estructuras que durante décadas organizaron la competencia, canalizaron demandas y dieron forma a la representación— se han convertido en algo muy parecido a las ruinas que Ibargüengoitia observaba:
Vestigios de un orden que ya no existe, pero que tampoco ha sido plenamente sustituido.
México es, por supuesto, un país que convive con sus ruinas.
Las recorremos en Teotihuacán, nos maravillamos en Chichén Itzá, contemplamos el silencio monumental de Monte Albán o la selva que abraza Palenque.
En cada una de ellas hay una historia de grandeza, de organización social sofisticada, de poder político estructurado, y de colapso.
Pero la arqueología no es solo contemplación del pasado, es, sobre todo, una disciplina que busca entender por qué las civilizaciones caen, los arqueólogos saben que las ciudades no mueren de un día para otro.
Se erosionan lentamente, primero se debilitan sus instituciones, luego se fragmentan sus élites, después se pierde la confianza de la población.
El colapso visible —el abandono, la ruina— es apenas el último capítulo de un proceso largo y silencioso.
Si uno adopta esa mirada para analizar a los partidos políticos mexicanos, el paralelismo es inevitable.
Hubo un tiempo en que los partidos eran ciudades vivas, tenían plazas públicas —espacios de deliberación real—, templos ideológicos —proyectos de nación que articulaban identidades— y estructuras de poder capaces de ordenar la competencia política.
Eran imperfectos, muchas veces opacos y excluyentes, pero cumplían una función esencial: estructuraban la vida democrática.
Hoy, en cambio, muchos de ellos se asemejan más a zonas arqueológicas que a organismos vivos.
El ciudadano puede recorrerlos como visitante, puede reconocer sus símbolos, escuchar sus discursos, identificar sus nombres históricos.
Pero lo que encuentra es, con frecuencia, una escenografía vacía, una repetición de formas sin contenido, una institucionalidad que conserva la apariencia de lo que fue, pero que ha perdido su vitalidad.
¿Qué ocurrió en el camino? Aquí es donde la metáfora arqueológica se vuelve particularmente poderosa.
Las civilizaciones mesoamericanas no colapsaron por una sola causa, los estudios apuntan a combinaciones complejas:
- tensiones internas
- crisis de legitimidad
- presiones externas
- cambios ambientales.
Pero hay un elemento recurrente:
- La desconexión entre las élites y la base social.
Cuando las élites dejan de responder a las necesidades de la población, cuando se encierran en sus propios círculos, cuando privilegian la preservación del poder sobre la adaptación al cambio, el sistema comienza a resquebrajarse.


