Andy, Bobby y Daddy

Triángulo perfecto de la corrupción
Los ‘juniors’ son discretos en la mayoría de las ocasiones, pero escogieron a intermediarios gustosos de presumir los contratos y la billetiza que se están metiendo.
Por una parte, papá tiene todo el poder político. Por su parte, sus juniors hacen grandes negocios con su (literal) gobierno.
No tienen cargos oficiales y menos están en la nómina pública, simplemente transan y tranzan (las dos) por medio de terceros, prestanombres o socios.
Sea vender medicamentos al IMSS, balastro para el Tren Maya o rentar terrenos cerca de Dos Bocas, ahí están, buitres sobre los cuerpos putrefactos del obradorismo, extrayendo dinero a raudales gracias a los contratos que nadie puede negarles.

Ya era hora que les hiciera justicia el esfuerzo paterno.
Tantos años anduvo de candidato que tuvieron tiempo de crecer y ejercitarse en el arte de medrar del erario (aprendiendo de un maestro consumado).
Quizá papá resiente que no ganó la elección en 2006 o en 2012, pero al menos esos años permitieron a los retoños prepararse para aprovechar al máximo las oportunidades cuando alcanzara el pináculo del poder.

Lo único que tal vez lamente Daddy es que los hijos no le aprendieron bien el arte de la simulación, esa hipocresía siempre aderezada con una fuerte dosis de cinismo.
Sí, son discretos en la mayoría de las ocasiones, pero escogieron a intermediarios gustosos de presumir los contratos y la billetiza que se están metiendo.
El papá era excelente para escoger a terceros que irían por los sobres llenos de efectivo, para nunca ensuciarse las manos en forma directa; la siguiente generación resultó mucho menos habilidosa a ese respecto.
