
1.
- “No sé que le pasa.
- Siempre me había respondido al instante, y hasta me prestaba más atención de la que le pedía.
- Estoy preocupada.
- No sé si algo le habrá pasado, si se molestó conmigo, o ya se ha cansado de mis necedades.
- Es cierto que soy muy intensa, con frecuencia ansiosita, pero nunca me había rechazado.
- ¿Será que le quito mucho tiempo o que ya se aburrió de mí?
- No sé qué hacer para recuperar la relación.
- Lo estoy perdiendo”.
2.
Imaginé que la despechada se refería a algún galán displicente, de ojo alegre y dado a relaciones fugaces, incapaz de comprometerse.
O, también era posible, estábamos ante el hijo cansado de los lamentos maternos, de ser el confidente necesario ante la lejanía del padre, de estar tan concentrado en sus ocupaciones que no podía atender con diligencia las confidencias de su progenitora.
O, inclusive, hablaba del terapeuta que la había acompañado durante años, del confesor en quien arrojaba sus miserias espirituales, del adivino que le leía las cartas por zoom desde la pandemia.
3.
No.
El deseado interfecto era nada menos que el ChatGpt.
La afectada no consideró que su computadora era muy antigua -tan descontinuada estaba que el técnico le recomendó comprar otra, pues ya no se encontraban las piezas dañadas-, que la zona habitacional en donde residía sufría de continuas perturbaciones en la energía eléctrica, y que ella misma abría tantas ventanas en la pantalla de la laptop que tardaba varios minutos en regresar a las primeras solicitudes.
No pensaba que, quizá, el problema residía acá, y no allá, en ella misma y no en la aplicación.
