La literatura en pausa

De verdad, aplausos.
Porque hay que reconocer la consistencia: el sexenio anterior, el de la llamada “cuarta transformación”, ya había logrado algo notable —ser el que menor presupuesto real ha ejercido en Cultura (Ramo 48) en los últimos sexenios— y todo indica que la actual administración presidencial está decidida a superarse…
Pero hacia abajo.
Para ponerlo en la perspectiva histórica que tanto les gusta invocar en el discurso oficial, en el último año de Felipe Calderón, hace catorce años, el presupuesto ejercido en cultura fue de aproximadamente 16.5 mil millones de pesos.
Hoy, en 2026, el presupuesto destinado ronda 15 mil millones, y eso después de una “revisión” porque originalmente el Presupuesto de Egresos de la Federación contemplaba solo un poco más de 12.5 mil millones.
Vamos bien.
Ni la educación ni la cultura parecen ser prioridad.
Pero bueno…
es un honor estar con, el presupuesto recortado.
La situación empieza a explicarse cuando se observan señales cada vez más evidentes de precariedad administrativa dentro de la propia Secretaría de Cultura.
No es una exageración:
La propia dependencia ha reconocido después de que los empleados de la secretaría cerraran oficinas e hicieran plantones exigiendo aumento salarial, que el cierre de sedes administrativas está afectando la operación de servicios y espacios de trabajo, según reportes periodísticos recientes.
“Secretaría de Cultura afirma que cierre de sedes impacta la operación de servicios y espacios de trabajo”.
Y cuando una institución pública empieza a cerrar oficinas o reducir operaciones, es inevitable sospechar que algo en la maquinaria administrativa no está funcionando del todo bien.
De hecho, esa sospecha se vuelve bastante concreta cuando uno vive el problema en carne propia.
Lo digo porque tengo en trámite un registro de obra literaria ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor, mejor conocido como INDAUTOR que a su vez depende de la Secretaría de Cultura.
Para quienes no viven en la Ciudad de México —es decir, para quienes vivimos en “provincia”— existía una herramienta bastante razonable:
El sistema en línea INDARELIN, que permitía registrar obras sin tener que viajar a la capital para hacer fila en ventanilla.
Registrar una obra se convirtió en un acto de fe
Como vemos, hay algo profundamente poético en la burocracia mexicana, no lo digo por las obras literarias que llegan al registro, sino por el género narrativo que producen las instituciones públicas cuando deciden explicar por qué algo dejó de funcionar.
El 6 de marzo de 2026, el Diario Oficial de la Federación publicó un acuerdo que informa, con toda solemnidad jurídica, que el sistema INDARELIN del INDAUTOR simplemente… dejó de funcionar.
La razón oficial, “causas de fuerza mayor”.
Traducción aproximada, algo se rompió.
El documento incluso explica que el sistema venía presentando “diversas fallas e inconsistencias”, en redes se menciona “hackeo”, lo que obligó a suspenderlo para realizar mantenimiento y una actualización emergente.
Nada extraño en el fondo.
Lo extraordinario es el método de solución, en pleno 2026, la estrategia de contingencia es volver al correo electrónico.
Sí, ese mismo correo electrónico que uno revisa para encontrar facturas, estados de cuenta y promociones del banco.
Ahora también es la plataforma oficial para registrar obras literarias.
Mientras tanto, quienes ya iniciamos un trámite en la plataforma digital quedamos en una especie de limbo administrativo.
Según el acuerdo, los trámites ingresados antes del 18 de febrero de 2026 “seguirán siendo substanciados de forma progresiva conforme al estado procesal que guardaban”.
Una frase elegante para decir:
tranquilos, en algún momento alguien revisará eso.
El detalle es que para el autor común —ese ser ingenuo que creyó que digitalizar los trámites significaba transparencia y seguimiento— la realidad actual es bastante más literaria:
Uno no sabe si su obra está en proceso, detenida, archivada, o meditando sobre su propia existencia en algún servidor del gobierno.
Y así, el registro de una obra literaria termina pareciéndose mucho a la literatura misma:
Un ejercicio de imaginación.
Porque mientras el sistema “se actualiza”, los autores practicamos la disciplina nacional de la paciencia administrativa.
Pagamos el trámite, enviamos documentos, guardamos capturas de pantalla y esperamos.
No por una resolución inmediata —eso sería pedir demasiado— sino al menos por la certeza de que alguien, en algún escritorio, sabe que nuestro expediente existe.
Tal vez el verdadero aprendizaje de todo esto es que registrar una obra en México no es sólo un trámite legal, es una experiencia narrativa completa.
Tiene suspenso…tiene misterio.
Y, como toda buena historia burocrática, también tiene un protagonista que nunca sabe exactamente en qué capítulo se encuentra.
Mientras tanto, la recomendación institucional es simple: escribir correos, reenviar comprobantes y mantenerse atentos.
En otras palabras:
seguir escribiendo.
Pero ahora no sólo literatura…

