Opinión

El apocalipsis tiene pasaporte y no pasa por aduanas.

Gerson Gómez DETONA® ¡Albricias, mulas de carga del sistema!
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Por Gerson Gómez
El mundo no cambió de golpe, solo dejamos de fingir que estaba bien.
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Hemos sobrevivido a otro fin de semana largo en este camposanto con ínfulas de nación llamado México. 

Mientras usted, respetable ciudadano de a pie, se dedicaba a macerar su hígado en alcohol de dudosa procedencia y a quemarse la epidermis en alguna playa rebosante de sargazo y pañales desechables, el resto del planeta ese gran manicomio circular decidió pisar el acelerador hacia el barranco.

Si usted cree que el tráfico de regreso a la CDMX fue un infierno, es porque no ha visto las noticias internacionales. 

El mundo no se está acabando, señores; se está descomponiendo, es un proceso mucho más lento, apestoso y, por supuesto, digno de una nota roja de ocho columnas ilustrada con la sangre de los inocentes.

El polvorín de Oriente: Fuego artificial para el fin del mundo. 

Empecemos con el plato fuerte de la necrofagia global, mientras en México nos peleábamos por el último espacio para poner la sombrilla en Acapulco, en el Medio Oriente decidieron que la pirotecnia de año nuevo se adelantó.

El intercambio de caricias balísticas entre los sospechosos de siempre alcanzó niveles de pornografía bélica.

Es una belleza estética, si uno tiene el corazón de piedra y la retina curtida: misiles parecen estrellas fugaces cruzando cielos milenarios para estallar sobre cabezas, solo pedían un poco de pan y menos dogmas. 

La geopolítica actual tiene el mismo refinamiento una pelea de perros en un callejón de la colonia Doctores. 

Los líderes mundiales, esos ancianos decrépitos huelen a orina y ambición, juegan al ajedrez con piezas que sangran.

Netanyahu y sus contrapartes son como esos tíos borrachos en la boda, después de tres cubas, deciden es buen momento para sacar la pistola y ver quién la tiene más grande. 

El resultado: una carnicería con filtro de Instagram donde la humanidad demuestra su único avance tecnológico real ha sido pasar del garrote de piedra al dron suicida. 

¡Progreso, caramba! 

Estamos a un botón de convertir el planeta en un comal gigante para que las cucarachas, los únicos herederos dignos de este lodazal, tengan su banquete final.

El Tío Sam y su gerontocracia de pesadilla.

Y hablando de museos de cera vivientes, crucemos el charco hacia el norte, ahí donde el sueño americano ya huele a formol. 

En los Estados Unidos, la campaña electoral sigue siendo un espectáculo de variedades para pacientes psiquiátricos. 

Mientras usted buscaba ofertas en el outlet, allá se debatían entre un ególatra con el color de piel de un Cheeto rancio y un abuelo parece estar en una búsqueda constante de la salida más cercana, o de su propia memoria.

El fin de semana largo nos regaló nuevas perlas de esta decadencia imperial, es fascinante ver cómo la potencia domina el mundo tiene elegir entre el apocalipsis por Twitter o la entropía por olvido.

Es el equivalente político a decidir si prefieres morir de diarrea explosiva o de estreñimiento crónico.

Al final, el resultado es el mismo: mucha miseria y poco papel higiénico.

El resto del mundo observa con la misma fascinación con la que uno mira un accidente de tránsito en la carretera: sabes que es horrible, sabes que hay cadáveres, pero no puedes quitar la vista. 

Los gringos están exportando su caos con la misma eficiencia con la que exportan hamburguesas de plástico.

La democracia, esa señora de la vida galante ya nadie respeta, está siendo violada en pleno Capitolio y nadie llama a la policía porque, seamos honestos, la policía también está en la nómina del caos.

Europa: El viejo continente se hace en la cama. 

Mientras tanto, en la culta Europa, esa se cree el ombligo del mundo por tener castillos viejos y quesos que huelen a pies de muerto, el panorama no es menos escatológico. 

El auge de la ultraderecha es como un brote de herpes que nadie quiere admitir, los europeos, tan limpios ellos, están descubriendo debajo de sus calles empedradas corre el mismo drenaje de odio que en cualquier república bananera.

Las protestas, los cierres de fronteras y ese miedo visceral al "otro" (generalmente alguien huye de las bombas, los mismos europeos fabricaron) nos demuestran la civilización es un barniz muy delgado, se cae con la primera crisis económica. 

El viejo continente está sufriendo de incontinencia política; se hace de miedo ante un futuro incontrolado y su respuesta es construir muros de cristal. 

Se romperán con el primer grito de hambre.