Áreas de oportunidad
1.
Entre los muchos cambios que se han reportado en la religiosidad de los jóvenes actuales, como su negativa al sacramento del matrimonio, su inasistencia a las misas dominicales, su desmemoria de las oraciones clásicas como el padre nuestro y el ave maría, destaca uno que se refiere al concepto de pecado.
Esta palabra ya no goza de simpatías entre ellos y, sobre todo, en los estudiosos de la teología actual, por el azote de la culpa que trae consigo, y ha sido sustituida por vocablos menos lacerantes:
Errores, faltas, descuidos y, en especial, áreas-de-oportunidad.
2.
La expresión cuenta con un gran respaldo en los consultores externos de las empresas, en los departamentos de talento humano, en los cursos motivacionales, en los proyectos de mejora continua, en la búsqueda de la calidad al momento de servir. Ella refleja, de manera propositiva, aspectos de una persona o institución que pueden ser mejorables, incluso perfectibles.
Se les observa con una mirada optimista, que enfatiza lo positivo sobre lo negativo, que anima en vez de desalentar.
Ya no estamos hablando, entonces, de defectos o máculas, sino de características que pueden ser aprovechadas.
3.
Esta óptica esconde una falacia, pues si alguien, por ejemplo, es violento y golpea a su pareja, no estaríamos ya ante un pecado de acuerdo al catecismo tradicional, ni siquiera frente a un delito desde la perspectiva penal. Esa agresión escondería una gran personalidad, intensa y emprededora, fogosa, que está mal controlada. Es como un vigoroso río que necesita ser encauzado. En esta óptica, llamar áreas de oportunidad a verdaderos errores o delitos favorecería el quitar o disminuir responsabilidad a quien se equivoca o delinque.


