Barcelona: la pasarela de los ismos (o el arte de recitar arengas con el bolsillo ajeno)

Desde que el pensamiento humano abandonó la cosmogonía mítica para adentrarse en el rigor del logos.
La capacidad de nombrar la realidad se convirtió en una herramienta de poder, pero también en la semilla de nuestra propia división.
Los "ismos" no nacieron como simples categorías gramaticales, surgieron como compartimentos del espíritu, como parcelas de verdad que, al pretenderse totales, terminaron por fracturar la visión sistémica necesaria para navegar la complejidad.
- El origen de esta fragmentación se remonta a la necesidad de simplificar lo inabarcable.
Ante la inmensidad del fenómeno humano, el pensamiento optó por el reduccionismo: dividir para entender, sin embargo, en el camino, olvidamos que la suma de las partes no siempre reconstruye el todo.
Los ismos —socialismo, liberalismo, positivismo, existencialismo, progresismo,— funcionaron en sus inicios como brújulas, pero pronto evolucionaron en forma de murallas.
Cada uno de ellos, al intentar distinguirse como vanguardia, aceleró su propio proceso de aislamiento, perdiendo su identidad original en una carrera por la pureza ideológica o la distinción teórica.
Esta patología del pensamiento ha tenido consecuencias devastadoras para los valores y principios que forjamos a lo largo de nuestra evolución.
El caso de la libertad es, quizás, el más trágico.
Concebida originalmente como la medida de la capacidad de convivencia y el límite sagrado de la acción humana, la libertad ha sucumbido ante la multiplicación de ismos que justifican su destrucción en aras de los mismos principios que dicen defender.
La historia del siglo XX nos ofrece el espejo más oscuro de esa desfiguración: el socialismo estalinista.
En nombre de una redención colectiva y del éxito de una revolución abstracta, se sacrificó no solo la libertad de los pueblos soviéticos, sino todo valor humano fundamental.
El ismo se convirtió en un verdugo que operaba bajo el nombre de la víctima, este patrón se repite hoy, aunque con ropajes distintos, la fragmentación actual permite que la libertad sea secuestrada por facciones que la redefinen según su conveniencia, transformándola en un arma lanzable en lugar de un terreno común para la coexistencia.
Para comprender esta dinámica de degradación, es preciso introducir el concepto de Sintropía.
Acuñado originalmente por el matemático Luigi Fantappiè en 1941 y expandido por Buckminster Fuller en el contexto de la teoría de sistemas, la sintropía (del griego syn, juntos, y tropos, tendencia) representa la fuerza que tiende a la organización, el orden y la concentración de energía y vida.
Es la fuerza opuesta a la entropía, que dicta la disipación y el caos, en el pensamiento humano, la sintropía es la capacidad de integrar la diversidad en una unidad superior sin destruir la identidad de las partes.
No obstante, la fragmentación de los ismos actúa como un agente entrópico: rompe los vínculos sistémicos y disipa la energía social en fricciones estériles.
En la actualidad.
Este fenómeno de fragmentación se ve agravado por un catalizador biológico y tecnológico que hemos denominado la Dopamina Digital.
Este término describe el ciclo de retroalimentación neuroquímica impulsado por las interfaces de usuario de las plataformas tecnológicas modernas, diseñadas bajo los principios del "diseño persuasivo" de B.J. Fogg.
Al igual que una droga, la dopamina —el neurotransmisor de la recompensa y la anticipación— se libera ante cada like, notificación o validación algorítmica.
Esa estimulación constante ha alterado la arquitectura misma de nuestra reflexión, el pensamiento sosegado, aquel que permite que la complejidad se asiente y que los hilos invisibles de la realidad se vuelvan visibles, ha sido sustituido por una reactividad espasmódica.
La dopamina digital premia la indignación instantánea y el refuerzo de la propia parcela ideológica, eliminando la profundidad de la reflexión y sustituyéndola por una superficie de eslóganes y arengas.
En este entorno, la "unidad mínima necesaria de principios" para no destruirnos se vuelve inalcanzable, pues el aparato cognitivo está siendo hackeado por intereses que lucran con la división.
Ya no razonamos, reaccionamos desde la amígdala, alimentando la entropía de un pensamiento que es incapaz de sostener la mirada ante la complejidad creciente del mundo.
- El síntoma más reciente de esta deriva se manifiesta en la reunión de gobiernos que se llaman a si mismos:
Progresistas, en la ciudad de Barcelona, bajo la etiqueta del "progresismo", se busca articular un frente que al menos en teoría, enfrente hegemonías y someta los intereses de poder.
Sin embargo, lo que subyace es una muestra más de la fragmentación como estrategia de supervivencia, como siempre cada gobierno invitado construyó la narrativa conveniente a su circunstancia política y nada más.


