
Tan sólo en estas cuatro semanas, Trump se regodeó en el Congreso de Estados Unidos con la frase de que los cárteles controlan México; la Casa Blanca martilló que debió empujar al gobierno mexicano para que se lanzara sobre el líder del CJNG; y el propio Trump, con varios jefes de Estado latinoamericanos presentes, se burló de la presidenta Sheinbaum, caricaturizándola como una mujer suplicante, casi llorosa, que le pide no perseguir a los cárteles en nuestro territorio.
Debe de ser cada vez más duro en las reuniones de las seis de la mañana del Gabinete de Seguridad soportar las expresiones despectivas y amenazantes de Trump y sus funcionarios.
Se sobreentiende que, en una junta de profesionales de la política y la seguridad, los participantes harán una revisión pragmática, casi quirúrgica de esos dichos.
Pero ¿qué sentirán ante la inextinguible repetición de “los cárteles controlan México”?
Sea una advertencia permanente, un discurso preventivo, o mera retórica, la presión estadunidense contra su aliado mexicano es cruel.
Es acoso. Es insulto.
México, sin embargo, no parece tener por ahora margen de maniobra ante ello: a disciplinarse y soportar.



