Cartografías del Olvido: Memoria, Arte en Monterrey

Como bien nos advirtió Paul Bowles en The Sheltering Sky, llega un punto en que las experiencias que nos definieron comienzan a desvanecerse sin remedio, y nos enfrentamos a la cruda certeza de que solo podremos evocarlas un puñado de veces antes de que se borren para siempre.
Ante ese olvido inminente, surge la necesidad de rebobinar.
Esa preocupación por lo que queda y lo que se pierde es lo que hoy me mueve.
Lo que busco no es el rescate nostálgico de una generación, sino algo más esencial: identificar el germen de nuestra identidad.
Mi aspiración es cartográfica.
Me interesa trazar un mapa de la memoria en el arte actual de Monterrey, un archivo dislocado que se niega a ser cronología lineal para convertirse en organismo vivo.
Para entender de dónde viene la expresión artística local, es imperativo mirar el ayer.
No podemos hablar de la escena contemporánea sin reconocer los eslabones que nos unen a las generaciones precedentes, ni ignorar que el arte en nuestra ciudad se ha construido sobre una estructura industrial y familiar que ha dictado, muchas veces, el lenguaje mismo de nuestra creación.
Este proceso de maduración cultural ha transitado por diversas instituciones: desde la labor pionera de Arte AC, el rigor investigativo del Ceida y el legado histórico del Museo de Monterrey, hasta el impacto transformador de MARCO.
En esos espacios, y en otros que el registro oficial tiende a omitir, se gestó buena parte del talento que hoy reconocemos.
Sin embargo, la velocidad con la que hemos avanzado ha tenido un costo: el descuido de la experiencia acumulada.
Recuperar el respeto a la trayectoria no es un acto de reverencia vacía; es el reconocimiento de que el saber que da el tiempo no se improvisa.
La construcción de la cultura no es un proceso ingenuo.
Está atravesada por ejercicios de poder y por las dinámicas del mercado.
Solemos preguntarnos cuáles son los ingredientes para fabricar una estrella, pero mi interés se inclina hacia lo sutil: los microrelatos, esas mil historias menores que la narrativa oficial suele aplanar en un bloque monolítico.
La realidad de Monterrey, en cambio, es una red de pequeñas narrativas que esperan ser contadas, articuladas, puestas en diálogo.
Un arte que interpela al espectador, que cuestiona nuestra propia trayectoria, y una cultura que solo puede sostenerse sobre nuevas políticas de confianza entre creadores, instituciones y sociedad, permitiendo que el archivo respire y se transforme.
Establecer estas coordenadas es, en última instancia, un acto de resistencia frente a una ciudad que, con una velocidad que asusta, amenaza con volverse invisible ante sí misma.
Se trata, al menos, de procurar que cuando decidamos volver la vista atrás, el mapa siga ahí, nítido y dispuesto a ser caminado.
Este mapa se construye entre todos.
Si fuiste parte de la escena, la viviste de cerca o guardas algún fragmento de ella —una imagen, un recuerdo, un relato— tu voz es parte del archivo.


