¿Todo fuera de Cuauhtémoc, en la CDMX, es Cuautitlán?

Presento la narrativa de esta frase, desmontando el prejuicio metropolitano frente al pragmatismo de las regiones.
La República del Café Expreso y Vino Tinto: De la calzada de Tlalpan al infinito y más allá.
Para el selecto círculo de columnistas, opinadores y analistas que habitan en el cuadrante dorado de la capital —ese que va de Polanco a Las Lomas y baja por Insurgentes—, el mapa de la República Mexicana sigue rigiéndose por un viejo aforismo colonial modernizado: "Fuera de la Ciudad de México, todo es Cuautitlán".
Esta frase, que originalmente denotaba el desdén de la urbe hacia la periferia rural, se ha convertido en el axioma metodológico de la "ceguera de taller" metropolitana.
Para la burbuja analítica del centro, los estados de la federación no son territorios con dinámicas económicas complejas, fronteras geoestratégicas o élites locales con agenda propia; son simples extensiones de tierra, provincias pintorescas habitadas por masas maleables que solo reaccionan cuando el eco del Palacio Nacional resuena en sus portadas matutinas.
Desde la comodidad de los restaurantes del Centro Histórico, el columnista centralista asume que el destino del país se decide exclusivamente en las pugnas de pasillo del Congreso de la Unión o en los tuits de tres o cuatro secretarios de Estado.
Cuando un gobernador en el norte se repliega ante la Federación, el analista del centro diagnostica una "capitulación ideológica".
Cuando el crimen organizado estrangula una ruta comercial en el Bajío, el columnista redacta un título catastrofista sobre el "colapso del pacto federal".
Lo que su miopía no les permite ver es que mientras ellos debaten teorías estéticas sobre la democracia occidental, en el "Cuautitlán" real —el de los puertos de Lázaro Cárdenas, las aduanas de Tamaulipas y las maquilas de Chihuahua— el poder opera con un realismo de hierro.
Las élites locales y las bases sociales de los estados no guardan lealtad al centro por fervor místico ni por las encuestas de opinión que se leen en la capital; se alinean por la administración del flujo presupuestal de Hacienda, la subsistencia de las cadenas de suministro vinculadas al T-MEC y el despliegue operativo de las Fuerzas Armadas.
Al encerrar el análisis nacional, guardan lealtad por afinidad mística, sino porque dependen del flujo económico y de la intervención militar centralizada para mantener su propia gobernabilidad local.
La narrativa se vuelve un bucle sombrío.
Cada reforma, cada discurso y cada movimiento táctico del grupo en el poder es interpretado invariablemente como el preludio del colapso definitivo.
- "El fin de la democracia institucional"
- "Hacia un abismo económico sin retorno"
- "La fractura irreversible del Estado"
En el transcurso de la campaña del 2018, donde triunfó MORENA, advertimos y dimos a conocer el diagnóstico del cambio de régimen en mesas de discusión, de mesa grillera, en Monterrey, Nuevo León.
Quedó la posición del INCIDE y su servidor, que no era un simple cambio de gobierno: era un cambio de régimen con todo y sus instituciones.
La desaparición de ORGANISMOS AUTÓNOMOS parece que lo hizo entender, que era más que un cambio de gobierno, era la toma de poder para cambiar el régimen, y el knockout vino con la reforma judicial.
Advertidos estaban.
El sesgo de confirmación dicta la pauta: buscan activamente cualquier indicador en los límites de su propio código postal.
Los comentaristas del centro terminan escribiendo para convencerse los unos a los otros en un bucle de autoconsumo.
Mientras tanto, el poder real —ese organismo vivo y mutante— se sigue consolidando de manera pragmática y descentralizada en el territorio, recordándonos que el verdadero Cuautitlán del análisis político es, irónicamente, la propia burbuja de la capital.
"Cuidar tus ojos y mente crítica y autocrítica hoy y mañana es asegurar el reflejo de tu futuro; la prevención es la luz que protege tu autonomía de análisis de escenarios." - EPCS

