
Apenas la sobremesa, la carne asada compartida, el abrazo breve, la fotografía destinada al olvido digital, la sencillez acomoda a todos, los bolsillos respiran alivio, ninguna carrera frenética por flores importadas ni cenas imposibles, un domingo cualquiera con diploma honorífico.
Las noticias abundan negativas.
La pantalla escupe cifras, escándalos, amenazas comerciales, guerras lejanas, conflictos cercanos, declaraciones solemnes, promesas recicladas, el catálogo completo del desaliento nacional.
Entonces, por algún rincón diminuto, llega la esperanza, cambia el ánimo, una canción en la radio, una cerveza fría, un saludo inesperado, la humanidad sobrevive gracias a pequeños accidentes felices.
De paseo por el Barrio Antiguo.
Monterrey fiestero, Monterrey vestido para la ocasión, Monterrey convertido en parque temático del optimismo institucional, las calles rebosan visitantes, vendedores, músicos, turistas accidentales, cazadores de selfies y ciudadanos profesionales del fin de semana.
Surge la pregunta maldita.
¿Cuánto costó traer a la princesa japonesa? Silencio administrativo, opacidad aromatizada con perfume oficial.
Las cifras permanecen encerradas bajo siete candados, tres contratos reservados y una montaña de comunicados llenos de sonrisas, la transparencia descansa en vacaciones permanentes, nadie mira la factura, nadie encuentra el recibo, nadie localiza al responsable del gasto.
Viva Nuevo Nuevo León.
Ajúa, arráncate compadre.
La misma duda acompaña los murales instalados sobre las torres del monorriel.
- Colores brillantes.
- Diseños monumentales.
- Fotografías perfectas para redes sociales.
- Artistas sonrientes durante la inauguración.
Después aparecen las cláusulas, confidencialidad, discreción, reserva, palabras elegantes para esconder números incómodos.
Tal vez un contrato, tal vez dos, tal vez una factura principal acompañada por otra factura secundaria, tal vez la imaginación popular resulta demasiado fértil, tal vez no.
La sospecha vive gratis, el contribuyente paga renta completa, mientras tanto, la fiesta continúa.
En el Salón Morelos parece pase de lista, una procesión de conocidos.
- Gestores culturales.
- Cronistas.
- Funcionarios jubilados.
- Poetas militantes.
- Académicos sobrevivientes.
- Promotores eternos.
Todos saludan, todos conocen a todos, todos recuerdan mejores tiempos y peores administraciones.
Las mesas permanecen ocupadas.
Las conversaciones giran alrededor del pasado glorioso y del presente incierto.
Al fondo aparece el famoso Bar del Bienestar.
- Nombre extraordinario.
- Precio desproporcionado.
- Una combinación casi filosófica.
La felicidad tiene costo adicional, la prosperidad incluye impuestos, la alegría cobra servicio de mesa.
Salud a los mentores, a los profesores jubilados, a los formadores de generaciones completas, a los guardianes involuntarios del idioma.
Levantan el vaso con dignidad republicana, observan la ciudad transformarse una vez más, ninguna sorpresa verdadera, Monterrey domina el arte del maquillaje urbano.
Basta caminar unos metros, aparecen los disfrazados de árabes.
- Túnicas impecables.
- Pañuelos cuidadosamente acomodados.
- Perfume intenso.
- Sonrisas hospitalarias.
Dios te bendiga, dicen algunos, Alá, corrigen otros.
La conversación termina entre risas.
La cerveza funciona como traductor universal, mucho gusto en saludarlos, mucho gusto en compartir la banqueta, mucho gusto en coincidir durante otra celebración patrocinada por el azar.
La multitud avanza, el corredor del arte despliega mercancías del espíritu.
- Pinturas.
- Grabados.
- Fotografías.
- Esculturas.
- Libretas artesanales.
- Collares.
- Amuletos.
Objetos indispensables para sobrevivir al apocalipsis estético, la vendimia resulta colorida.
Un vendedor ofrece paisajes norteños, otro comerciante presume retratos imposibles, una artista explica conceptos incomprensibles, un cliente finge entender, ambos quedan satisfechos.


